Montañas, os echamos un poquito de menos. Cameron Highlands I

23 al 25 de Enero de 2014

Después de pasar unos días universitarios en Ipoh, decidimos ir a ver cómo eran las montañas en Malasia. Nuestro host en Ipoh nos llevó hasta el desvío de la carretera hacia las Cameron Highlands. Habíamos decidido probar suerte: hacer una distancia “larga” en autostop. Hasta ahora, nuestros periplos en este arte se habían reducido a recorridos de no más de 20 kilómetros, donde era fácil encontrar a gente que fuera en la misma dirección. Pero como la distancia entre Ipoh y las Cameron Highlands no era muy grande, unos 70 kilómetros, decidimos probar, para ir un poquito más allá.

En el sitio donde nos dejó estuvimos un rato esperando, pero no hubo manera. No cumplíamos muchos de los consejos de los Acróbatas del camino, así que decidimos andar un poquito y nos acercamos a una gasolinera. Allí, mientras uno esperaba en la entrada de la gasolinera con el dedo levantado, el otro se fue a preguntar a los que estaban parado en el gasolinera. Y como ya venimos comprobando durante el viaje, no importa si quieres hacer 10 kilómetros que 80, la gente es amable y acepta encantada; al primero que preguntamos, aunque no iba hasta el pueblo principal del valle de las Cameron, nos dijo que iba hasta el desvío. Y nos subimos a su pick-up; las mochilas detrás, y nosotros delante con él. El camino se hizo agradable; le contamos algunas de las cosas sobre nuestro viaje, y él nos contó que trabajaba de policía en Ipoh y que tenía dos hijas pequeñas. Tampoco hablamos mucho, lo justo, porque su inglés no era muy fluido, pero lo intentó y no le fue mal.

Al cabo de algo más de una hora llegamos al desvío. Nuestro nuevo amigo se iba hacia otro pueblo, así que nos bajamos allí a esperar otro coche que nos llevara hasta el valle. Cuando el primero nos había cogido, entendimos que nos llevaría sólo hasta medio camino, pero al llegar al desvío, resultó que sólo quedaban 3 kilómetros para el primer pueblo, y algo menos de 20 kilómetros para el más grande del valle. Al ponernos otra vez con las mochilas al lado de la carretera para esperar algún coche, el primero que pasó por nuestro lado paró y nos cogió. No esperamos ni dos minutos. Nos llevó hasta el pueblo más grande del valle, y una vez allí buscamos un albergue.

Después de dejar las mochilas, decidimos salir a dar una vuelta y comer algo, no sin antes cambiarnos de ropa y ponernos los pantalones largos y el forro polar; ¡que fresquito más bueno! El pueblo resultó lo que ya habíamos leído: totalmente volcado al turista. Al parecer, estas montañas son un sitio típico de los malayos para salir de la ciudad y tomar el fresco los fines de semana, así que además de los turistas extranjeros, hay mucho turismo interior. Al menos no estábamos en temporada alta y no estaba lleno de gente.

Paseamos tranquilamente por los alrededores, disfrutando del gusto de tener un poco de frío y acordándonos un poco de nuestras montañas en Pirineos y Alpes. Nos encontramos alguna cosa curiosa como los inciensos gigantes con caras de dragones para las preparaciones del año nuevo chino; y alguna otra que nos dio un poco de envidia, como el “camión-autocaravana” con matrícula de república checa.

Al día siguiente nos levantamos a eso de las 7; fue duro después de tantos días sin preocuparnos del despertador, pero lo conseguimos. Cogimos el autobús local, lleno de japoneses, y nos fuimos en busca del camino que subía al Gunung Brinchang, un camino por en medio de la selva para subir a un pico de 2000 metros.

Hacía un fresco muy agradable y nuestras piernas tenían ganas de moverse por un camino sin asfalto. Nos lo tomamos con calma y fuimos andando por la selva con tranquilidad, haciendo alguna foto y mirando los árboles y plantas a nuestro alrededor. Nos costó algo más de una hora llegar arriba, y no fue tan bonito como esperábamos porque el ambiente estaba un poco sucio, pero la excursión estuvo bien. A la bajada, que se hizo un poco eterna, pasamos por plantaciones de fresas y te, lo más famoso en el valle. El vistazo a las plantaciones de té nos mostró un paisaje que era toda una novedad para nosotros.

El día terminó con una visita a una factoría de te y la vuelta al albergue; nuestras piernas nos pedían algo sin asfalto, pero la falta de costumbre nos pasó factura y estábamos muertos. Nos pasamos el resto de la tarde relajados en el albergue, intentando recuperarnos un poco.

Continuará…

ByR

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