La gran aventura dentro de la aventura. Llegada a Vietnam

10 al 13 de Febrero de 2014

Después de una noche muy larga en la que apenas conseguimos dormir, nos embarcamos en el avión rumbo a un nuevo país en nuestro viaje. El vuelo se hizo muy corto para nosotros; nos lo pasamos todo durmiendo. Llegamos a Ho Chi Minh City a primera hora de la mañana, y pudimos salir el aeropuerto sin ningún problema con maletas ni visado. Cogimos el autobús rumbo al centro de la ciudad y en cuanto se puso en marcha, las vimos. Cientos, quizá miles de motos por todas partes, haciendo de la ciudad un caos ruidoso y divertido de ver desde la ventana del bus. Esto cuadraba mas con nuestra idea de lo que era Asia, en comparación con lo visto en Malasia y sobretodo en Singapur.

Después de un rato de mirar por la ventana todo detalle para no perdernos nada del ritmo frenético de la ciudad; y después de sufrir mas de una vez por alguna moto que pasaba demasiado cerca del autobús, bajamos con nuestras mochilas en la calle de los mochileros y nos pusimos en busca de un alojamiento acorde con nuestro presupuesto.

La búsqueda nos llevo por callejones donde las mujeres nos cogían casi de las manos para guiarnos al hostal de su amiga o familiar, así como por la calle principal, donde había que andar con mil ojos para no ser atropellado por ninguna moto. Al final, hartos de preguntar en mil sitios y de ir con la mochila a cuestas, nos quedamos en uno bastante sencillo pero limpio y agradable.

Como estábamos muertos de cansancio, dedicamos un rato a descansar, y después de comer y de dormir una siesta, salimos a descubrir lo que ofrecía la conocida por todo el mundo como Saigon.
Dimos un paseo por los alrededores de la zona, que por suerte o por desgracia es la mas turística de la ciudad, y empezamos a descubrir detalles de Vietnam.

Los puestos de comida en la calle, los vendedores en bici, moto o a pie, con todo tipo de mercancías, los trucos de los locales para cruzar la calle sin ser atropellados por las cientos de motos (pasar muy despacito para que los conductores te puedan esquivar), las tiendas de ropa de imitación, especialmente de chaquetas North Face, los “bares” a la vietnamita: mesitas y sillas minúsculas en mitad de la acera, donde tienes que sentarte totalmente encogido, y que a ellos les encantan para ir a beber algo con los amigos, hablar o jugar a las cartas, con las sillas mirando a la calle, para ver quien pasa por allí.

Las aceras, que se utilizan para todo excepto para que anden los peatones: aparcar motos, poner puestos de venta de cosas, comida, bebida, realizar oficios (lo de tener un local donde se trabaja no es la costumbre, los bajos tienen las puertas abiertas y los oficios se realizan en la acera).

En un parque cerca de nuestro hostal vimos gente jugando al futbol, haciendo aerobic al ritmo de la música y de los pasos marcados por una profesora y un grupo de jóvenes practicando un arte marcial de contorsionismo y cosas raras.

Mercados de frutas y verduras, mujeres vendiendo guías Lonely Planet falsas (si no fuera porque tenemos que cargarlas, la de Nepal o la India seguro que se hubieran venido con nosotros), y más motos, por todas partes.

Después del paseo nos fuimos a descansar y coger fuerzas para el día siguiente. Pero estando en el hostal, nuestros amigos David y Sandra, que llegaron a Vietnam unos 20 días antes que nosotros y van por delante en el recorrido, nos clavaron el aguijón de la aventura: nos contaron, como primicia antes de ponerlo en su blog, que se habían comprado una moto y estaban recorriendo el país en moto. Nosotros ya sabíamos que existía esa posibilidad, pero antes de llegar la habíamos descartado por aquello de que llevábamos muchos trastos y dos en una moto con todas las mochilas era inviable. Pero ellos lo habían hecho y nos entraron las ganas. Desde ese momento, Saigon y sus encantos dejaron de existir para Rober; le perdí en el mundo de los sueños con motos. Miró por internet, buscó anuncios de venta de motos, se informó de las opciones que podían ser las mejores y se puso a la caza y captura de una buena opción de compra. Con esos sueños nos fuimos a dormir.

Al día siguiente fuimos a visitar el museo de la guerra, con el que quedamos impactados con las fotografías y las historias contadas allí. Un museo creado para no olvidar lo mala que fue aquella guerra y el daño que provocó.

Después de la visita, volvimos callejeando a la zona de nuestro albergue, y fuimos en busca de un local que Rober había visto por internet que se dedicaba a la compra-venta de motos. Un británico afianzado en Saigon se dedicaba a comprar motos, arreglarlas junto al mecánico vietnamita que le ayudaba, y volverlas a vender. En ese momento estaban con una, y le preguntamos acerca de precios, condiciones y tal, a ver cómo funcionaba el tema. Nos lo explicó encantado, y nos guardamos la opción de comprarle una a él. La decisión ya estaba tomada, solo faltaba encontrar a la elegida.

Esa noche nos fuimos a cenar con Phong, un chico de couchsurfing con el que habíamos contactado para ver si nos alojaba, pero nos había dicho que no podía. Nos propuso ir a cenar juntos, al menos para conocernos. Nos invitó a un restaurante sencillo pero donde la comida estaba deliciosa, y nos contó cosas sobre su país y lugares que podíamos visitar.

Nuestro tercer día en la ciudad empezó con una visita a Simon, el chico de las motos. Nos había comentado que iba a arreglar una, y que si nos pasábamos a primera hora y la tenía lista la podíamos probar y decidir si nos la quedábamos. Con los nervios de pensar que quizá conseguiríamos una moto, llegamos a su pequeño local.

Cuando nos vio, se sonrió, y nos dijo que acababa de venderla. Que fastidio. A cambio, nos dijo que iba a empezar a arreglar otra, que tenía la ventaja de que la suspensión era más fuerte, algo importante si queríamos ir dos personas con equipaje. “De acuerdo, Simon, esta es para nosotros. No la vendas. Nos pasamos esta tarde a ver como la llevas.” Y con la moto apalabrada, nos fuimos de nuevo a pasear.

Vimos la catedral de Notre Dame, paseamos por el mercado, y acabamos recorriendo los callejones que se meten por los laterales de las calles principales y que es donde vive la mayoría de la gente.

Yendo por uno de ellos, nos encontramos con un peluquero con su silla en un lateral del callejón. Rober se lo pensó poco y se puso en sus manos para acabar con el pelo super corto y con la sensación de tener más barba aún.

A media tarde volvimos a visitar a nuestro ya colega Simon. La moto estaba en proceso, y tenía buena pinta. Confirmamos que nos la quedábamos, le dimos una señal, y nos fuimos a descansar con la idea de recogerla al día siguiente lista para hacer kilómetros.

Después de una tarde-noche de relax, al día siguiente fuimos a recoger a nuestra nueva compañera de viaje, la que nos tenía que llevar por lugares mágicos, a la que bautizamos como LA BURRITA, porque tendría que ir cargada como una mula. Rober se dio una vuelta de reconocimiento con ella, aceptó que estaba en buenas condiciones, y Simon nos dio las llaves y la “blue card” (los papeles de la moto necesarios para venderla después). Ya era nuestra.

PD: Si quieres comprarte tu moto y viajar por Vietnam en dos ruedas vivista nuestra guía donde te explicamos paso a paso lo que hay que hacer:

GUÍA PARA COMPRAR UNA MOTO EN VIETNAM

ByR

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