Hoi An, una ciudad-teatro

18 al 20 de Febrero de 2014

Después de los cuatro días en los que nuestro trasero había sufrido más de lo esperado, pero que habíamos disfrutado de carreteras con vistas al mar y solitarias, llegamos a Hoi An con intención de frenar, descansar un poco y mover las piernas. El día 18 llegamos ya de noche; los últimos kilómetros fueron alumbrados con el faro de la burrita mirando al cielo, pero llegamos bien. Recorrimos la calle principal buscando un albergue, y echamos de menos la ruta, donde los hoteles habían sido baratos. Al final nos decantamos por un homestay bastante agradable y en el que nos pedían 10 dolares. Nos instalamos en la única habitación que tenían libre, una habitación familiar, con cuatro camas, solo para nosotros. “Utilizar sólo dos camas”, nos dijo la dueña. Lo siento mucho, pero para mi es imposible tener tanto espacio y no invadirlo. Es como cuando estudiaba en la universidad y llenaba la mesa de estudio de libros, papeles y apuntes; más mesa, más trastos desperdigados. Abrimos mochilas y paquetes que llevaban cuatro días cerrados para que las cosas cogieran algo de aire, nos duchamos, hicimos la colada (lavar algo de ropa en el lavabo de la habitación con una pastilla de jabón que llevamos para tal menester), y nos fuimos a buscar algo de cena, con la intención (y las ganas locas) de irnos pronto a la cama para descansar. No fue una noche todo lo reparadora que hubiéramos deseado, porque a las 3 de la madrugada, ambos nos despertamos sobresaltados. Nuestra habitación daba a la calle, detrás de la verja que cerraba el patio del hostal, y tuvimos la mala pata de presenciar una escena desagradable y que hasta nos dio algo de miedo. Una pareja de occidentales angloparlantes llegaron en dos motos (que les dejaron y se marcharon) a la puerta del hostal. La verja estaba cerrada (las normas del hostal decían claramente que a las 12 se cerraba la puerta) y ellos, borrachos como una cuba, y con borrachera violenta para más inri, se pusieron a gritar y a golpear la verja quejándose de que se habían quedado fuera, peleándose entre ellos, luego abrazándose, gritándose, luego gritando al mundo y maldiciendo la vida y el hostal. Él, con la violencia que llevaba encima, saltó la verja y se encaró al hombre que estaba de seguridad, y que no hablaba ni papa de inglés, el pobre. Al final abrió la puerta, y la chica pudo entrar. Aún estuvieron un buen rato gritando por dentro del hostal y armando un escándalo de los grandes. Fue desagradable verlo, sobre todo cuando piensas, ¿y para esto vienes a Vietnam (o a donde sea)? ¿A emborracharte con cerveza barata y armar escándalo? Con cosas como estas, vamos pensando que quizá no queremos seguir llamándonos “mochileros”, porque no somos como este tipo de gente. Hoy en día el término “mochileros” engloba a demasiada gente muy distinta.

A pesar del cansancio, seguimos con nuestra rutina del despertador a las 6 de la mañana para aprovechar el día. Desayunamos en la puerta del hostal en un puesto de comida deliciosa llevado por una mujer encantadora y cogimos la moto para acercarnos a las ruinas de My Son, unas ruinas al estilo de Angkor Wat, en Camboya, aunque más pequeñas y en peor estado de conservación.

Llegamos cuando apenas había un autobús de turistas entrando, y disfrutamos de ver las ruinas prácticamente solos. Fue agradable pasear por los alrededores y hacer fotos a los diferentes edificios, descubriendo estatuas hinduístas y elefantes en las esquinas.

A las 9.30 nos acercamos a la entrada, con idea de marcharnos ya, y nos encontramos con toda la horda de turistas (habría más de 200, seguro) que estaban viendo el espectáculo de danza en la entrada, y que cuando acabó, entraron en tropel a ver las ruinas.

Odias el despertador cuando suena tan temprano, pero la sensación de salir de las ruinas cuando TODO el mundo entra es maravilloso. Nos volvimos a la ciudad, esta vez disfrutando del camino y parando a hacer alguna foto y a saludar a los lugareños.

Al llegar al hostal, dejamos descansar por un rato a la burrita y nos fuimos a pasear por el pueblo, a ver si era cierto aquello que decían de que es una de las ciudades más bonitas de Vietnam. Comimos algo (una sopa de noddles, para variar) y nos metimos en el centro histórico, cerrado al tráfico durante el día (que gusto no tener que preocuparse de ser atropellado por una moto).

La ciudad es bonita, para qué negarlo, pero a nuestro gusto, demasiado teatral. El centro histórico está muy bien conservado (a veces cobran una entrada, y ese dinero está destinado a la conservación), pero está todo dispuesto para que el turista disfrute de “una ciudad vietnamita”.

Tiendas de trajes hechos a medida, casitas pintadas de color amarillo, calles llenas de farolitos de colores, vendedoras de fruta con sus cestas y sus sombreros cónicos típicos, esperando a que un turista quiera hacerse la foto cogiendo las cestas que se ponen en el hombro; el puente japonés de madera, el río, y las mujeres en bicicleta.

Todo muy fotogénico y poco auténtico (¿dónde está el caos vietnamita?, ¿Y los puestos de comida callejera? ¿Y las miles de motos que siempre inundan las ciudades?). Disfrutamos del paseo, nos encontramos con gente que habíamos conocido en la ruta, esperamos ratos largos para intentar conseguir una foto sin gente, miramos tiendas, con el consiguiente “buy something” de los vendedores, vimos monjes budistas haciendo turismo con sus cámaras de fotos y sus túnicas color naranja, y cenamos de nuevo sopa de noddles, por ser lo más barato.

Esa noche nos cambiaron de habitación en el hostal; dejamos la habitación tamaño familiar por una doble normal, y nos fuimos a dormir de nuevo pronto para volver a madrugar al día siguiente y coger de nuevo la ruta rumbo a Hué, antigua capital del imperio vietnamita.

ByR

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Un comentario en “Hoi An, una ciudad-teatro

  1. Hola chicos, al final no nos despedimos en cat ba, una lastima, como no tengo otra manera de contactarlos les escribo aqui.
    Les cuento q nuestro crucero en kayak estuvo muy lindo, hasta casi me peleo con un mono en la isla jaja, lo feo fue cuando estabamos muy lejos y no sabiamos como volver :s pero despues de remar casi 3hs llegamos a puerto. Y ahora estamos ya en bangkok con 35C:) Estuve leyendo la historia de los borrachos en hoi an jaja espero no nos pase a nosotros..de quedar taaan borrachos!
    Bueno fue un gusto enorme conocer personas como ustedes, les deseo la mejor de las suertes en todo lo que les queda por delante, y mucha mas para todas las montañas que aun tienen pendientes.
    Abrazo grande
    Mati y jesi

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