Curvas, puertos y talleres.

20 y 21 de Febrero de 2014

Nuestro despertador volvió a sonar a las 6 de la mañana. Cuando te acostumbras a estos horarios (incluyendo irte a la cama a las 10), la verdad es que tienes la sensación de que el día dura más; es lo que tiene vivir con el sol. Esta vez el objetivo del día eran pocos kilómetros; al menos no tantos como los días anteriores. Queríamos llegar a Hue, antigua capital del reino de Vietnam con la intención de llegar por la mañana para aprovechar el día viendo la ciudad. Cargamos nuestros trastos a lomos de la burrita, y volvimos a rodar. No tuvimos más remedio que hacer un trozo por la autopista número 1, la que todos los viajeros recomiendan evitar, pero que a trozos no puedes hacer otra cosa que cogerla. Pasamos por al lado de Da Nang, otra de las ciudades más conocidas de Vietnam, en este caso por la playa. Una vez salimos de los alrededores de esta ciudad, llegamos a la zona del puerto que separa Vietnam del norte y del sur por la costa.

La autopista lo cruza por un túnel, pero nosotros, sin darnos cuenta, cogimos la carretera de curvas y cuestas. Ya habíamos leído que era uno de los trozos más bonitos, pero en esos momentos íbamos pensando en otra cosa.

El caso es que empezamos a subir por la carretera y la cosa se fue poniendo espectacular. Curvitas con vistas al mar, y al ritmo que subía la burrita, nos daba para contemplar con tranquilidad el paisaje.

El problema fue cuando empezó a hacer frío y a caer una ligera llovizna, que nos fue calando poco a poco. Estábamos pasando al norte del país (menudo cambio más brusco!). Pasamos el puerto y volvimos a la autopista, donde la lluvia ya empezaba a ser más consistente y a dejarnos los pies helados. Teníamos tanto frío (especialmente Rober, que se lo tragaba todo), que prácticamente no paramos más hasta llegar a nuestro destino.

Entramos en la ciudad, fuimos en busca del centro donde sabíamos que estaban los alojamientos más baratos, y en el primer sitio que paramos la moto para empezar a mirar, un chico nos ofreció una habitación por 8 dólares, vimos que estaba bien, y no esperamos más; allí nos quedamos, deseosos de quitarnos la ropa mojada, darnos una ducha de agua bien caliente y entrar en calor.

Cuando nos volvimos a sentir personas, calibramos la situación: no habíamos podido pensar mucho en el tema, pero el caso era que, después de las cuestas del puerto, al haber tenido que forzar a la pobre burrita a subir, el motor había empezado a hacer cosas raras. Parecía que al darle gas, perdía fuerza, se aceleraba mucho pero no tiraba para adelante.

Justo en la puerta de nuestro hotel conocimos a un chico alemán que tenía el mismo modelo de moto que nosotros, y la tenía en el taller de al lado porque también había tenido problemas con el motor. Decidimos dejarle la nuestra al mecánico para que mirara qué le pasaba. Comimos algo mientras esperábamos a que el mecánico pudiera mirar la nuestra, y nos pasamos unas 2 horas viendo como destripaban la caja de cambios. Según el experto, el problema estaba con el cambio. Después de esas dos horas, durante las cuales, además de meterle mano a nuestra amiga, arregló dos pinchazos, el tubo de escape torcido de otra moto que se acababa de dar un tortazo justo en el cruce de al lado, y rectificó la rueda de otra moto que estaba un poco desviada. Rober probó la moto, pareció que, en efecto, estaba arreglada, y por fin pudimos ir a ver la ciudad. Al menos fue un alivio, porque no nos pidieron más de 8 euros por la reparación (al alemán le pidieron más del doble).

Nos acercamos a la zona amurallada de la ciudad, que la llaman la ciudad prohibida de Vietnam. Fue una pena, porque acababan de cerrar el recinto, y no pudimos entrar a verlo, pero paseamos por sus alrededores y disfrutamos de ver sus murallas y sus fosos.

Se nos hizo de noche escuchando los consejos de un chico que nos paró con su bici, primero intentando llevarnos a algún sitio; “Taxi?”, al ver que no queríamos, preguntando “Where are you from? Oh! Spain! Merengue, colchoneros, Cristiano, culés, Messi…”. A lo que respondíamos, “No! Valencia!”, y entonces nos sorprendía recitándonos: ” Villa, Silva, Mata…”. Con todo este recital, acabó diciéndonos si queríamos un tour en moto, que él conducía una moto, que podía llevarnos a sitios fantásticos. Todo un business man. La cosa se le fastidió cuando le contamos que teníamos nuestra propia moto y que veníamos de Ho Chi Minh con ella. Pero para nuestra sorpresa, no se marchó sin más al ver que no tenía negocio. Se dedicó a darnos consejos sobre el trayecto que teníamos pensado hacer los próximos días, nos enseñó un mapa, nos contó lugares que ver y nos regaló un pastelito.

Después del paseo, volvimos al hotel, cenamos algo, y nos fuimos a dormir. Al día siguiente comprobamos que con toda la carga, la burrita seguía respondiendo bien; parecía que si que le habían arreglado el problema. Volvimos a la carretera, esta vez en dirección al interior, para cambiar la costa por las montañas, y pasar más frío. Compramos unos chubasqueros para no volver a acabar empapados, y salimos de la ciudad.

Pero no pudimos hacer mucho. Al cabo de unos 30 kilómetros, el problema volvió a aparecer para ponernos de muy mal humor. Hicimos un rato aún, pero al pasar por un pueblo y ver un taller, paramos a que la volvieran a destripar.

Tuvimos la suerte de que un hombre que andaba por allí entendía algo de inglés, y nos hizo de intérprete con el mecánico, que en una hora consideró la moto arreglada. Volvimos a ponerle los trastos al lomo, y le aseguramos al mecánico que volveríamos atrás si teníamos otra vez problemas.

La carretera que empezamos a recorrer nos devolvió el buen humor. Solos, con curvas y pocas cuestas, disfrutamos de que la burrita volviera a funcionar bien.

Empezamos a ver casas de madera con niños en las puertas que nos saludaban encantados de ver algo tan raro pasar por sus vidas. La gente nos sonreía, nos gritaban Hello! desde lejos y nos señalaban sorprendidos.

Llegamos a media tarde a Keh Sham, un pueblo tranquilo y rodeado de una neblina muy fantasmal. Recorrimos los diferentes hoteles que había en la calle principal, en los que alguno de ellos llegaron a pedirnos más que en las ciudades. Deben de vernos cara de tontos o algo, además de turistas. Al final nos quedamos en una guest house que llevaba una chica jovencita y su madre, ambas encantadoras y que hablaban un poco de inglés.

Le cambiamos el aceite del motor a la moto, para que no nos diera ningún problema en la jornada siguiente: nos esperaban muchos kilómetros por delante de puro asfalto, sin gasolineras, talleres ni pueblos. Menuda aventura! Nos fuimos a dormir soñando con que la burrita se portara bien y no nos diera ningún problema.

ByR

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