Savannakhet, ciudad al ritmo del río Mekong

31 de Marzo de 2014

Cuando te sientes como en tu propio hogar, es difícil marchar. Ya nos ocurrió en Ton Sai, donde el cuerpo de Rober se reveló contra el hecho de marcharse de allí, y aunque en el Green Climbers Home nuestro cuerpo no se reveló al marcharnos (ya lo había hecho unos días antes, dejándonos tirados en la cama durante un día entero), igualmente nos costó movernos de allí. El buen rollo del campamento, las paredes a 5 minutos andando de la tienda de campaña, la comida y la gente que trabaja allí nos hizo duro tomar la decisión de irnos, pero aún quedaban cosas por ver de Laos, y el fin del visado nos venía pisando los talones.

Salimos cargados de nuevo con nuestras mochilas, y al llegar a la carretera, andamos un poco para ponernos en un buen lugar para hacer autostop. Pero antes de parar en el arcén para sonreír a los coches que pasaban, un hombre con una camioneta paró delante nuestro. Al principio no pensamos que quisiera llevarnos; ninguno de los dos le habíamos hecho señas para que parara. Pero al ver que seguía parado, nos acercamos, y nos dimos cuenta de que, efectivamente, había parado por nosotros, y sonrió encantado cuando le preguntamos si iba al pueblo. Nos subimos a la caja de la camioneta, y allí que nos fuimos. Después de media hora con el viento azotando nuestros cabellos, llegamos al pueblo y le dimos las gracias al amable hombre, que volvió a sonreír encantado.

Nos encaminamos con las mochilas hacia la estación de autobuses, que ya sabíamos donde estaba. Habíamos decidido intentarlo de nuevo: haríamos autostop para intentar llegar a Savannakhet, siguiente parada a no mucho más de doscientos kilómetros. Para ello, primero fuimos a preguntar horarios de autobuses, para que no nos pasara como las veces anteriores y nos quedáramos sin transporte al no cogernos nadie haciendo dedo. Una vez claro que había autobuses cada hora, volvimos a la carretera y nos alejamos un poco de la estación. Acomodamos nuestras mochilas y volvimos a sacar la mejor de nuestras sonrisas. Saludábamos a los camioneros y a cada coche que pasaba, y un par de pick-ups pararon a preguntarnos dónde íbamos, pero no les venía bien. Después de unos cuarenta minutos de torrarnos al sol (nos habíamos quitado la gorra y las gafas de sol para que nos vieran bien la cara y causar buena impresión), una furgoneta paró a nuestro lado, y el conductor bajó la ventanilla. “Buenos días, señor, nos gustaría ir a Savannakhet, ¿va usted hacía allí?” El hombre se quedó pensativo un rato, y cuando los dos ya dábamos por hecho que sería un no, el buen hombre medio sonrió y nos dijo: “de acuerdo, subir”. No nos lo acabábamos de creer, nos costó reaccionar, pero abrimos la puerta, subimos las mochilas y nos sentamos en la fila de atrás, cual taxi.

Este hombre ha dicho que nos lleva a nuestro destino, en una furgo comodísima y con aire acondicionado… ¿Nos querrá cobrar? Esa duda nos acompañó un buen rato, hasta que decidimos no pensar en ello y ver qué pasaba durante el viaje. El hombre no hablaba apenas inglés, solo le dio para decirnos que era vietnamita, y que estaba en Laos por trabajo. Al cabo de un rato de subirnos, se paró en un pueblo y salió del coche, dejándolo encendido y sin decirnos nada. “¿A dónde irá?”. Y al rato volvió con una bolsa de plástico. Traía varios bricks pequeños de leche de soja y varias latas de café frío (es como un refresco que venden, una lata pero más pequeña de lo normal y es de café con leche, muy rico). Se tomó uno de soja, y nos ofreció café, que aceptamos encantados. Nosotros llevábamos unas galletitas saladas; se las ofrecimos, y las aceptó con una sonrisa. Parecía bastante hambriento porque devoró medio paquete en un momento.

Continuamos con nuestro viaje tranquilamente y en silencio. A ratos puso algo de música, a ratos la quitó. En una gasolinera que paró, nos escribió en un papel: Savannakhet 60 km. Y al cabo de un par de horas llegamos a nuestro destino. Cuando lo creímos oportuno le dijimos que podíamos bajar allí, y paró la furgoneta en un lado de la calle. Bajamos, sacamos las mochilas, y al ir a despedirnos, con la duda de si nos pediría algo de dinero, él solo nos dio la mano, aceptó nuestras gracias, y se marchó. Está claro: el autostop en Laos es posible, aunque más difícil que en otros países.

A partir de ese momento, empezó la segunda odisea del día: encontrar alojamiento bajo un sol abrasador. Paseamos un rato por las calles sin ver apenas ninguna guesthouse, y cuando las mochilas nos pesaban el doble de la realidad y estábamos deshidratándonos a marchas forzadas, Rober se quedó en un banco a la sombra con las mochilas y yo me fui a buscar alojamiento sin el sofoco de cargar con todo el peso. Sólo encontré algún hostal que no me pareció barato, y después de varias vueltas por las calles, acabé decidiéndome por un sitio que no estaba mal: sólo pensaba en la ducha de agua helada que estaba deseando darme. Volví a recoger a Rober y los trastos y nos fuimos para allí. Nos dieron las llaves, entramos en la habitación, y directos al chorro de agua fría.

Una vez instalados, como aún hacía un sol de narices, nos quedamos un par de horas sentados bajo un árbol mirando internet: habíamos estado diez días incomunicados en el sitio de escalada, y teníamos que dar parte a casa de que estábamos bien. Un rato de email, facebook, blog y demás, y cuando el sol bajó, nos fuimos a pasear por la ciudad (o pueblo…). Nos encontramos un sitio tranquilo, muy “laosiano”: la gente en las aceras viendo pasar el rato, comiendo, charlando con los amigos. Templos en cada esquina, y el río Mekong dándole vida al lugar. Llegamos a la conclusión de que era un sitio sin nada que hacer y mucho que mirar. Un sitio que los turistas no buscan, pero que a los viajeros nos encanta. Después de ver el atardecer a orillas del río, el sol bajando por Tailandia, seguimos paseando por las calles y viendo la vida laosiana, que despierta cuando el sol cae y el calor ya no aprieta tanto.

ByR

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