El archipiélago de las 4000 islas

6 al 8 de Abril de 2014

Tenéis que ir a las 4000 islas. Tranquilidad total por 2 euros el bungalow. Nos lo había dicho ya bastante gente, y decidimos verlo por nosotros mismos. Además, es el último punto de Laos antes de pasar a Camboya, y nos venía de camino. Sabíamos que pasaríamos sólo un par de días porque tampoco había mucho que hacer allí, y preferíamos alargar nuestros días en Thakek escalando. Desde Pakse cogimos una mini van con otros turistas (era la única opción que daban las agencias) y en dos horas nos plantamos en el embarcadero para ir a la isla de Don Det. Nos habían dicho que no era la más tranquila, pero si la más barata, así que optamos por ella. El barquito tardo media hora en cruzar de un lado a otro del río Mekong. Menudo tamaño tiene el río a estas alturas, que ya está a punto de desembocar en el mar después de miles de kilómetros desde meseta tibetana.

En la mini van habíamos estado hablando con una pareja de franceses, y al llegar a la isla, nos juntamos con ellos para buscar alojamiento e intentar un mejor precio al ser más gente. Empezamos a preguntar en diferentes sitios y a ver las opciones que había, siempre bajo un calor insoportable y cercanos a la deshidratación. En los sitios que preguntamos y que se asemejaban a los precios que nos habían comentado algunas personas durante el viaje, los bungalows daban bastante pena. Cuatro paredes destartaladas y una cama hecha polvo. Nada más. Los baños siempre fuera, compartidos con todo el mundo. Preguntamos en más de 15 sitios.

Al llegar a la isla vimos que se podía elegir alojamiento de sunset o sunrise (atardecer o amanecer). Podías elegir despertar con los rayos del sol colándose por las rendijas de las paredes de tu bungalow, o ver el sol ponerse desde la terraza de tu casita. Elegimos atardecer, y después de preguntar en varios sitios, nos empezamos a cuestionar si el amanecer tendría mejores lugares donde dormir. Al final, después de tomar la decisión de quedarnos en un sitio que tenía mejor pinta que el resto, y cuando estábamos a punto de acomodarnos, Rober desapareció por unos minutos, y cuando regresó, nos dijo que había encontrado algo un poco mejor. Por lo equivalente a tres euros, baño dentro del bungalow y mejor aspecto que el resto. Y además, dos hamacas en la terracita. Allí que nos quedamos, por ese precio, estaba mejor que bien.

Una vez alojados y con nuestros trastos en casa (y tras una ducha de agua fría para refrescarnos), nos fuimos a comer algo. Era cierto que las cosas en esta isla eran más baratas que en el resto de sitios que habíamos estado hasta ahora en Laos, pero la isla estaba pagando un precio alto por ello. Mientras paseábamos por el camino de tierra que recorría la orilla del río, sufrimos una decepción parecida a la que tuvimos el primer día en Ton Sai. El turismo mal llevado y con un crecimiento demasiado rápido había dejado la isla llena de construcciones abandonadas a mitad hacer, bungalows cutres y hechos de cualquier manera, basura por todas partes… Una pena.

Al parecer, la zona se había puesto de moda entre backpackers en busca de alcohol barato y mucha droga. Nos enteramos que había gente que se pasaba 10 y 15 días en aquel sitio, y no pudimos evitar preguntarnos qué hacían tanto tiempo allí encerrados, cuando no hay nada que hacer, es un sitio minúsculo y el poco internet que hay va muy lento. Un chico nos dio la respuesta: la gente llega, se pone a fumar, se queda atontada, y se le pasa el tiempo allí encerrados sin enterarse de nada. Eso, sumado al tubing que estaba de moda en Vang Vieng y ahora se ha pasado a Don Det. Y ahí está el éxito repentino de la isla, y la destrucción de la misma.

Nosotros decidimos pasear algún rato y poco más. Al día siguiente de llegar alquilamos unas bicis para pasar el día, y nos fuimos a recorrer la isla y a pasar a visitar la isla vecina, Don Khon, que está unida a la nuestra por un puente. Recorrimos unos caminos por en medio de la selva, llegamos al otro lado, seguimos recorriendo caminos, y llegamos a una zona muy tranquila al lado del río, donde nos bañamos un rato para refrescarnos. Una niña casi me “atraca” en uno de los paseos, y llegué a la conclusión de que era otra de las consecuencias de la masificación repentina de la zona. Iba con la bici, y dos niñas de unos 6 años se me acercaban de frente por el mismo camino que yo. Al llegar a mi altura, fueron a extender la mano para que se la chocara, pero de repente se pusieron delante mio y me cortaron el paso. ¿Y a estas qué les pasa que de repente cambian así de parecer?¿Me iban a chocar la mano igual que acababan de hacerle a Rober y ahora me cortan el paso? Me paré para reírles la gracia, y en milésimas de segundo, la más pequeña metió la mano en la cesta de mi bici y me quitó el tubo de crema solar. Me reí, y le dije que me lo devolviera. Y entonces empezó a hacerme chantaje. Me pedía alguna de las cosas que llevaba en la cesta a cambio de la crema solar que me había quitado. Me señaló la botella de agua, la botella que llevaba vacía, un paquete de galletas, me decía con señas que tenía hambre, que le diera algo. Yo le dije desde el principio que no le iba a dar nada, y sonreía para que viera que le decía las cosas en serio pero sin enfado. Además, como no había manera de entendernos con palabras, todo era con señas, y si no, ella me hablaba en Lao y yo en español. Llegó hasta a imitar las palabras que yo le decía en español para hacerme la puñeta. Le di un trago de agua pero no la botella, y siguió sin devolverme la crema. Cuando ya me cansé de la tontería, me empecé a enfadar y decidí bajar de la bici (todo ese rato había estado sentada en la bici). Al ver que me cambiaba la cara y me bajaba de la bici, la niña se dio cuenta de que no iba a salirse con la suya, pero aún tardó un momento en devolverme la crema. En cuanto me la dio me subí a la bici, pero ella estaba enfadada porque yo no le había querido dar nada, y me cogió del manillar para no dejarme ir. La cosa acabó con mal sabor de boca, porque yo empecé a pedalear y ella a correr a mi lado, con cara de cabreo, y cuando vi que la cosa ya no era divertida, pedaleé más fuerte hasta que la dejé atrás.

Digo lo de otra consecuencia del turismo rápido y mal llevado porque seguramente, esa niñita se había acostumbrado rápido a que los turistas le miraran con cara de pena por lo sucia que iba y si ella ponía cara de corderito degollado y pedía que le dieran algo, mucha gente le daría cosas, así que cuando yo me empeñé en que no le iba  a dar nada, ella se quedó frustrada porque creería que los turistas ricos siempre le darían algo. Los niños aprenden rápido a pedir, y si se les da cosas que no necesitan, enseguida aprender a pedir más. ¿Para qué querrá una crema solar una persona que tiene la piel oscura? A pesar de ello, el día fue divertido y tranquilo, y disfrutamos del paseo en bici.

Al volver al pueblo, devolvimos las bicis y nos tiramos un rato en las hamacas de nuestro bungalow. El placer de no hacer nada de vez en cuando. Cuando el sol empezó a bajar, nos fuimos a un bar a orilla del río a disfrutar de la puesta de sol mientras nos tomábamos un batido de fruta natural.

Realmente, la tranquilidad en la isla está, pero el ambiente no creo que sea el que era hace pocos años y que le creó la fama a la zona. Los backpackers no siempre sientan bien a los lugares paradisíacos.

ByR

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