Primer día de exploradores

7 de Mayo de 2014

Ir a ver Angkor es, principalmente, disfrutar con la vista. Tus ojos no van a saber dónde mirar (y en consecuencia, si eres fan de la fotografía, el objetivo de tu cámara no va a saber dónde apuntar). A ratos te sientes como Indiana Jones, soñando en cómo sería ir caminando por en medio de la selva y encontrarte, sin esperarlo, aquellas ruinas en medio de los árboles. El espíritu aventurero se despierta en ti y te imaginas descubriendo rincones secretos o dibujos en las paredes.

Lo mejor de pasear por las ruinas es tomárselo con calma y darle la opción a tu imaginación para bagar por entre aquellos muros pensando que eres un intrépido descubridor de secretos ocultos por la espesura de la selva. Como ya dijimos en el post anterior, nosotros decidimos ir de menos a más, y primero ver las ruinas más alejadas y menos impresionantes, para luego ir acercándonos a las mejores.

El primer sitio donde detuvimos nuestras bicis fue el templo de Prasat Kravan, y aunque en ese momento no fuimos conscientes, luego nos dimos cuenta de que es totalmente diferente a los demás porque está construido en ladrillo rojo, y al parecer es de los más antiguos del recinto de ruinas; es del Siglo X. Asomándonos al interior de las torres, ya empezamos a jugar a ser exploradores, buscando las curiosidades en los labrados de las paredes o descubriendo cosas escritas en las columnas en un alfabeto que parece más hindú que cualquier otro.

Una de las cosas que más me acuerdo de mi infancia visitando en familia iglesias románicas por España, es de lo divertido que era buscar con mi hermano las curiosidades en los muros, las “diferencias”. ¿A ver quién encuentra aquí la diferencia entre todos los hombrecitos esculpidos en la pared? Este es fácil, pero siempre es divertido jugar…

Volvimos a las bicis para seguir explorando, y continuamos por el camino hasta llegar a Banteay Kdei, que significa “ciudad de las celdas”. La entrada al recinto, con las famosas caras mirando a cada uno de los puntos cardinales, nos dio la bienvenida, y tras ella empezamos a descubrir árboles abrazando muros y ninfas bailando en las columnas.

Al parecer, este es uno de los pocos monumentos de todas las ruinas que presenta los dos estilos arquitectónicos distintos, el estilo de Angkor Wat y el estilo del Bayon. Además, el templo se conserva tal y como fue encontrado por los primeros exploradores, porque nunca se han realizado en él labores de restauración. Esto hace que te sientas más Indiana Jones que nunca paseando por sus pasillos y saltando por encima de las rocas derruidas.

Mientras recorríamos sus pasillos, buscando rincones “secretos”, vimos algo que es común en estos templos: gente que viene a rezar o rendir culto a las representaciones y que mantiene vivo el espíritu de los templos.

Salimos de nuevo por la puerta de las caras, les dijimos adiós y seguimos nuestro camino de descubridores para llegar al templo Pre Rup y quedarnos anonadados. Una gran pirámide de varias alturas vigilada por los leones culones y con escaleras tan inclinadas que a veces tienes que apoyar las manos para mantener el equilibrio.

También construido de ladrillos rojo y con más antigüedad que el resto (Siglo X), las torres de arriba están algo destruidas, pero conserva la espectacularidad. Eso si, nadie nos quitó las ganas de darnos algo de prisa viéndolo; no tiene ni una sombra al estar en alto, y con el calor que hacía, sentíamos que nos derretíamos paseando por aquellas piedras calentadas por el sol.

De nuevo sobre las dos ruedas, seguimos camino. Uno de los atractivos de el circuito grande para recorrer los templos más alejados, es ver la vida de los locales, ya que por el camino te encuentras aldeas y gente que vive y trabaja el campo. Vimos búfalos de agua retozando en los campos de arroz y casitas de madera al lado del camino.

Nos alejamos un poco del camino principal para ir a ver el templo Banteay Samre, precedido por más leones culones y muy bien conservado. Al estar tan lejos, paseamos por sus muros casi solos, y nos entretuvimos durante un buen rato jugando con unos gatos a la sombra de uno de los edificios mientras descubríamos más relieves, muchos de ellos de temáticas similares a los de otros templos.

Volvimos a la carretera principal para acabar el día con otros dos templos muy bonitos. El templo East Mebon, con una particularidad de la que nos hemos enterado escribiendo este post (y no cuando lo visitamos, una pena): en sus días gloriosos, este templo estaba construido en medio de un Baray, que significa lago artificial. A este templo sólo se podía acceder en barca y se trata de una planta cuadrada con varias alturas y vigilada, esta vez, por elefantes.

Y por último, el templo Ta Som, pequeño y escondido entre los árboles, no es nada famoso, pero es impresionante y no tiene mucho que envidiar al conocido por la peli de Tomb Raider. Una de sus puertas está ahogada por un árbol, dándole un aspecto espectacular, pero no ha salido en ninguna peli y apenas nadie lo visita en comparación con los otros.

El resto del templo se parece a otros en términos generales, pero siempre puedes seguir disfrutando de perderte por sus rincones.

Después de ver este templo, se nos acabó el tiempo y tuvimos que dejar los últimos templos del circuito grande para otro día. Llegamos al hotel de noche ya, pero con muy buen sabor de boca y con ganas de seguir descubriendo más secretos al día siguiente.

ByR

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