Llegada a Indonesia, el país de las miles de islas

6 al 10 de Junio de 2014

El día que cogíamos el tren en Bangkok para ir hacia Camboya, seguíamos dándole vueltas a cómo cuadrar los siguientes meses de viaje. El plan inicial era ir a Myanmar después de visitar Camboya, pero no nos cuadraban las fechas entre ese destino e ir después al norte de Tailandia. Teníamos que volver a Tailandia en agosto para estar con los amigos que vienen a vernos, y tenemos que ver para cuándo compramos los billetes para volar a Auckland y empezar nuestra nueva aventura kiwi. Pero dándole vueltas al tema se me encendió una bombilla. Miré la guía que llevamos y descubrí que la época buena de Indonesia era ahora (sin embrago en Myanmar entraba el monzón) y además, puedes conseguir un visado de 2 meses, de tal manera que no teníamos que andar haciendo malabares con los visados en Tailandia.

La idea nos gustó a los dos desde el principio. De nuevo a un país musulmán, de nuevo a hacer couchsurfing, subir algún volcán, probar a hacer surf… en menos de unos minutos la decisión estaba tomada. Al principio del viaje era un país que descartamos porque el hecho de coger aviones siempre encarece todo, pero como nos vamos a Nueva Zelanda a trabajar, no pasa nada porque gastemos un poquito más de lo planeado.

En pocos días teníamos los billetes comprados: entraríamos al país por Jakarta y saldríamos por Bali. Aunque tuviéramos dos meses, cada vez tenemos más claro que nos gusta ir despacio, así que el plan inicial es recorrer Java, Bali y Lombok, y disfrutar de los paisajes, la gente y la playa. Incluso antes de entrar en el país ya tenemos claro que volveremos, puesto que es enorme y hay miles de atractivos que visitar, pero como primer encuentro no va a estar mal. Unos días antes de salir, empezamos a mirar perfiles de couchsurfing, y enseguida teníamos host en Jakarta y varias invitaciones.

Indonesia es un país con más de 250 millones de personas, y aunque está más desarrollado que otros de los que hemos visitado, se vuelven locos con los “BULES”, que es la manera en que nos llaman a los extranjeros occidentales. Si vienes aquí, prepárate para sentirte como una estrella de cine o algo así. Los adolescentes y jóvenes te pedirán fotos a todas horas, y todo el mundo te saludará allá donde vayas.

Por ese motivo, entre otras cosas, en cuanto pones en Couchsurfing que vas a viajar por el país, te llueven las invitaciones. Casi no hace falta que busques gente a la que preguntar si puedes quedarte con ellos. Pon qué días llegas a un lugar, y espera que te inviten, porque seguro que lo harán. Es una de las cosas que nos ha pasado, y alguno de los sitios que estamos visitando han aparecido en nuestros planes por las invitaciones de couchsurfing.

Así que el día 6 de junio cogimos un avión desde Bangkok hasta Jakarta, y gracias a las perfectas indicaciones de Dave, nuestro host, llegamos a su casa sin problemas. Nos encontramos con que estaba trabajando (y no nos lo había dicho), pero una vecina suya, una chica rumana que está trabajando allí, nos vio sentados en las escaleras y nos invitó a subir a su casa. Nos contó como era vivir en el país como expatriado (no es fácil, casi todo hay que hacerlo de manera ilegal, porque no es nada fácil) y algunos consejos sobre la sociedad indonesia, como por ejemplo, algo que ya sabíamos pero que confirmamos: mejor decir que estamos casados, porque es un país de mayoría musulmana, y no ven nada bien que andemos juntos sin estar casados.

Disfrutamos de una agradable tarde contándonos aventuras viajeras y hasta nos invitó a cenar. Por la noche llegó nuestro host y estuvimos conociéndonos un poco antes de irnos a dormir. Todos estábamos agotados.

El fin de semana consistió en unirnos a un par de reuniones del grupo de couchsurfing y conocer a gente de la gran ciudad. Todo el mundo fue super amable, y hasta acabamos saliendo a un pub por la noche donde estaban de celebración y daban cervezas gratis (¿estamos en un país musulmán?).

El domingo fue tranquilo también, hablando con Dave sobre experiencias viajeras y pasando el día relajados. Nos invitaron a una barbacoa en la terraza de la comunidad donde vivía, y nos reunimos varios vecinos a disfrutar de la tranquilidad y las vistas. Pero fue curioso ver los que nos reunimos allí: de siete personas, solo tres eran indonesios; los demás éramos bules. Nosotros dos, turistas, y los demás expats.

Al final de nuestra estancia de tres días en la ciudad, lo que es la ciudad no la vimos, porque todo el mundo dice, y a nosotros también nos dio esa sensación, que tiene poco que ofrecer, más que tráfico, atascos y mucha gente. Visitamos la mezquita más grande del sureste asiático (sigue gustándonos más la Blue Mosque, pero no se lo digáis a los indonesios)

En alguno de nuestros paseos descubrimos nuevos modelos de tuc tuc, y aceptamos la derrota de no poder ir mirando el entorno cuando paseas. Tienes que mirar continuamente donde pisas si no quieres meter el pie en algún agujero en donde no solo te cabe el pie, sino que cabes tu entero como te despistes.

Y aunque no vimos mucho de la ciudad, empezamos a conocer cómo son y cómo viven en este país. Nos hizo mucha gracia escuchar contar historias sobre sus trabajos a los extranjeros viviendo por aquí; cómo es trabajar con indonesios y lo estresante que les resulta. Al parecer, el ritmo de la gente por aquí es muy diferente al europeo, y los occidentales se desesperan cuando no saben cómo meterles presión, hacer que sean más rápidos, puntuales… No saben cómo motivarles porque prefieren no ser ascendidos y vivir con menos estrés, a ganar más dinero. ¡Cuánto podríamos aprender de ellos!

ByR

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