Playa y surf en Pangandaran

11 al 16 de Junio de 2014

Después de pasar unos días en el caos de la gran ciudad, salimos de Jakarta en tren con destino a Bogor, pueblo situado a unos 30 km de la capital indonesa. Mucha gente nos había dicho que en Indonesia era muy fácil moverse en autostop, tan solo hacía falta aprender unas cuantas palabras en Bahasa Indonesio y lanzarse a la carretera. Queríamos probar y ver como se nos daba, así que para no hacerlo muy duro, dividimos el viaje en dos días. Desde los alrededores de Jakarta teníamos unos 375 km hasta llegar a Pangandaran, así que con la calma salimos bien pronto por la mañana con la intención de llegar a Bandung, una de las ciudades principales de Java. Al rato de estar en la carretera intentándolo, tuvimos la suerte de encontrar a estos cuatro militares que iban directos a nuestro destino final. Nos acomodamos en la parte de atrás con las mochilas y en unas 4 horas llegamos a Bandung.

Al día siguiente cogimos un taxi (taksi en Bahasa Indonesio) para salir del centro y con la ayuda de cuatro coches y un mini-bus que nos proporcionó un policía de paisano, conseguimos llegar de noche a Pangandaran, con el objetivo conseguido de haber viajado los casi 400 km en autostop.

La idea principal que nos llevó a este destino playero fue el surf. Hacía mucho tiempo que nos apetecía probar a surfear y que mejor lugar que hacerlo en el país de las 17000 islas, donde todo lo que te rodea es agua. El primer día playero fue de relax, mirar precios, dar una vuelta por la orilla de la playa y disfrutar del ambiente tranquilo que ofrecía el lugar. Por la noche el paseo se encontraba bastante tranquilo, sin muchos turistas alrededor.

Fue en el segundo día cuando, con nuestras vestimentas más profesionales, nos lanzamos al agua con el único objetivo de ponernos de pie encima de la tabla. Fue una tarea difícil de conseguir, pero con paciencia y constancia, al final lo logramos. Tuvimos un grupo de profesores muy majos, que nos enseñaron, primero en la arena, como movernos, y luego en el agua. Entre otras cosas, nos gustó como lo hicieron, porque una vez dentro del agua, con cada uno de los aprendices se puso un monitor, con lo cual teníamos constantemente a alguien diciéndonos consejos para mejorar. Compartimos el curso con un par de parejas más, y pasamos un día muy diferente a lo que habíamos vivido hasta ahora en el viaje, aunque el bajo estado de forma hizo la experiencia algo más dura para algunas (sin decir nombres para no ofender)

Al día siguiente no nos podíamos levantar de la cama, las agujetas aparecieron en todos los músculos de nuestro cuerpo, así que poco hicimos en aquel día. Dar una vuelta en moto por la playa y observar los caballos trotar por el agua. El paseo ahora estaba mucho más animado: cuatriciclos con gente local conduciéndolos, las calles llenas de música y ruido por las motos, muchas familias bañándose en la playa vestidos de la cabeza a los pies (nadie se baña en bikini o bañador, ni siquiera los hombres, por cultura y por vergüenza). Al parecer esta playa no es muy famosa entre los turistas occidentales (conocidos aquí como “bules”), pero entre los javaneses es uno de los sitios más populares para pasar el fin de semana.

Poco más hicimos por Pangandaran, más que darnos algún homenaje comiendo o probar un segundo día de surf para depurar nuestra técnica. Cuando acabó nuestro paso por esta tranquila playa, nos preparamos los trastos para salir hacia las montañas. Lo que venía a continuación era uno de los retos que con más ilusión afrontábamos…

RyB

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