Wonosobo, estudiantes y profesores en un mismo día

16 al 18 de Junio de 2014

Tras un día frenético saltando de coche en coche llegamos a Wonosobo. Allí estaba Ema con su madre, esperando nuestra llegada para ofrecernos una sabrosa cena a base de arroz, tofu, verduras, tempe, pollo… todo ello acompañado por un té calentito para reanimar nuestro cuerpo y alma tras la lluvia. La sobremesa fue breve, pues nosotros habíamos tenido un día agotador y ellas se solían levantar a las 4am para rezar, así que tras una pequeña conversación nos fuimos a dormir. La casa donde dormimos era muy auténtica: fajos de leña apartados para hacer fuego para cocinar, un patio interior con las gallinas rebuscando comida en la tierra… Era el escenario que encontrábamos cada vez que íbamos al baño.

Al día siguiente Ema ya había elaborado EL TOUR, así es como llamamos al plan que ella había pensado desde antes de nuestra llegada.

Por la mañana volvimos a ser estudiantes por unas horas en la universidad donde ella estudiaba. Nos pusimos en última fila como los estudiantes más rebeldes de la clase y sin mucha atención, seguimos los debates que mantenían los estudiantes. Al final muchos de ellos nos prestaron más atención a nosotros que a sus compañeros, y los susurros hablando de los “bule” eran una constante.

Tras una hora de clase, nos fuimos a la cafetería y empezamos a sufrir las consecuencias de ser un bulé (extranjero) en Indonesia. Ya habíamos leído de otros viajeros que estar en este país, es sinónimo de acabar harto de las cámaras de fotos. A cada paso que dábamos los estudiantes se querían hacer fotos con nosotros. Piel blanca, ojos azules, europeos… no sabemos porque llamamos tanto la atención pero la cuestión es que detrás de una iba otra y así hasta que todos tuvieron su foto con nosotros.

La lluvia amenazaba, pero Ema tenía intención de llevar hasta el final su plan. Nos subimos en las motos y nos fuimos a Dieng, una zona bastante alta en las montañas donde hay muchas fábricas de productos artesanos. Antes de llegar hicimos una breve parada en un lago que al parecer utilizan para generar electricidad en una central hidráulica en cotas más bajas.

Al llegar al plateau, visitamos unos templos y es donde se desató la locura. Decenas de adolescentes se volvían locos al vernos. Paparazzis nos fotografiaban a lo lejos, niñas con su velo azul posaban con la mejor de sus caras pidiendo su picture, picture! Causamos tanta sensación que hasta los teletubbies hablaban de nosotros…

Tras la visita de los templos nos montamos a las motos en busca de un cráter que al parecer era uno de los atractivos de la zona. El cielo empezó a descargar agua y es donde empezamos a tratar de entender porque debíamos de seguir con el plan. No importaba si llovía poco o mucho, la cuestión es que nosotros seguíamos encima de la moto. Al final nos resguardamos en un techado, las nubes empezaros a bajar y afortunadamente el plan de ver el cráter tuvo que ser tachado de la lista.

Si por la mañana habíamos vuelto a la universidad como alumnos, por la tarde tuvimos el privilegio de visitar una pequeña escuela rural donde niños entre 5 y 8 años iban a clases de repaso. La situación se puso bastante cómica cuando Ema nos dejó plantados al lado de la pizarra sin advertirnos antes de cómo se iba a dar la situación. Los niños se reían y nos miraban, jaleo, murmullos entre unos y otros y el tiempo pasaba. Sin dudarlo, cogí un rotulador y me dispuse a dar mi primera clase de matemáticas/inglés.

Fue una experiencia inolvidable, los niños no paraban de reír, habían algunos tímidos, otros descarados y sin vergüenza. Repasamos los números y me di cuenta que dibujar caras no es lo mío. Cuando se hizo la hora de que los niños se fueran a casa, la familia que ofrecía el comedor de su casa para que los niños fueran al cole, nos invitaron a cenar. Fue un día de contrastes: universidad, templos, fotos, alumnos, lluvia, profesores… demasiado para poder asimilar todo lo que habíamos vivido en un espacio tan corto de tiempo.

Al día siguiente ya nos tocaba marchar de Wonosobo hacia Borobudur, el pueblo donde se encuentra el templo budista más grande del mundo. Teníamos tiempo para llegar, y dado que en Wonosobo habían carnavales, aprovechamos la mañana para disfrutar de los colores de los trajes tradicionales y danzas javanesas.

Habían grupos muy diversos, hombres descamisados, otros con lanzas, mujeres de punta en blanco para mostrar su cara más bonita, grupos de músicos vestidos todos con trajes de colores vivos. Fue otra manera diferente de aprender de la cultura javanesa.

Entre grupo y grupo no podía faltar la solicitud de ser fotografiados, esta vez incluso por el cuerpo de policía.

Finalmente, Ema, junto con a su madre, nos llevaron con las motos a la salida del pueblo para que pudiéramos empezar a hacer autostop. En Wonosobo tuvimos la oportunidad de sentir muy de cerca al pueblo indonesio. Fue una experiencia muy chula que disfrutamos como enanos, aunque a veces nos sentimos como monos de feria donde a cada paso que dábamos éramos fotografiados o paseados como trofeos por un pueblo donde ver un blanquito era todo un acontecimiento extraordinario. Ahora, desde la distancia, como siempre, lo único que recordamos son los buenos momentos y lo bien que nos trataron Ema y su madre.

RyB

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