Respirando azufre en el Kawah Ijen

6 a 8 de Julio de 2014

Una de las primeras ideas que nos rondó al pensar en ir a Indonesia fue la de subir un volcán. Lo quisimos intentar con el Gunung Lawu, pero no nos sentimos con energías suficientes para aguantar oscuridad y ruidos extraños. Con la inspiración de nuestros amigos de Marcando el Polo, que estuvieron por aquí hace algo más de un año, decidimos probar a ver que se cocía por el volcán de las llamas azules y la mina de azufre.

Salimos de Malang sin ninguna prisa, con intención de ver si “había suerte” y llegábamos hoy a la base, o si teníamos que hacer parada a mitad camino porque el autostop no había funcionado.

Andamos un rato para alejarnos del centro de Malang, y cuando vimos un sitio decente para alzar el dedo, allí nos plantamos a ver si alguien tenía ganas de compartir su trayecto con nosotros. Pasó un rato en el que sólo los taxistas se interesaban por nosotros, pero al cabo de un tiempo, una furgo paró unos metros más allá de nosotros. “¿Habrá parado por nosotros? Vamos a ver” Rober se acercó a hablar con el conductor, y yo esperé con las mochilas, y al cabo de unos instantes, me miró y afirmó con la cabeza. ¡Nos llevan! Cogí las mochilas y me acerqué al coche, con gran sorpresa por mi parte al ver dentro de la furgo a dos chicas rubias y muy altas. “Estas no tienen mucha pinta de indonesias… ¿Qué le habrá dicho el conductor a Rober?” Y más sorpresa aún me llevé cuando se lo pregunté a Rober y me respondió: “Van al Kawah Ijen de tour organizado, pero el conductor me ha respondido a las cinco o seis veces que se lo he preguntado, que nos lleva gratis, así que sin duda tenemos transporte hasta nuestro destino. Vamos a subirnos y a ver si la cosa se tuerce o es verdad que nos llevan…”.

La mirada de las chicas decía mucho; no entendían qué estaba pasando y no se fiaban de su chófer. Al parecer, efectivamente iban al mismo sitio que nosotros, habían contratado el tour con taxi privado para no tener que compartirlo con nadie más y no tener retrasos ni problemas, y habían pagado un millón de Rupias cada una (unos 100 dólares). El taxista, un tío de lo más simpático y con ganas de conocer extranjeros,  practicar su inglés y pasarlo bien, no había dudado ni un segundo en coger a dos autostopistas, y había aceptado a la primera al preguntarle si podíamos ir “Numpang” (que en bahasa indonesio significa “ir de gratis”). Así que nosotros nos fuimos relajando al ver que la faena del día ya casi estaba hecha, mientras las dos rubias se iban poniendo cada vez más tensas al ver que su chófer no sólo nos cogía de gratis, si no que encima nos contaba qué iban a hacer y hasta nos ofrecía más cosas: esa noche, a las 12, después de dormir un poco en Bondowoso (ciudad principal más cercana al volcán), saldrían hacía la base para empezar a andar y subir hasta la cumbre. El taxista llegó a insinuar si queríamos unirnos también a eso.

Ahí fue cuando imaginamos el mosqueo de las chicas: ellas habían pagado bastante dinero, y a nosotros nos lo estaban ofreciendo prácticamente gratis. Nosotros decidimos dejarnos llevar a ver que tal se iban desencadenando los hechos.

El trayecto duró unas 7 horas, en las cuales las chicas se mostraron amables con nosotros por ser educadas; no debimos de caerles muy bien. Paramos a comer a mitad camino en un bar de carretera donde todos los tours organizados paraban (por lo que los platos de comida valían hasta tres veces más).

Cuando llegamos a Bondowoso, fuimos con las chicas hasta el hotel donde tenían reservada una habitación, y allí nos despedimos de ellas y reflexionamos sobre qué hacer antes de despedirnos del taxista. Pensábamos que salir a las 12 hacía arriba esa misma noche iba a ser bastante agotador después de tantas horas de coche, y además, pagar una noche de hotel para sólo estar unas horas nos parecía tirar el dinero. Como no teníamos ninguna prisa, y el objetivo del día estaba más que cumplido, decidimos quedarnos en aquel hotel una noche y al día siguiente ya veríamos cómo llegar a la base del volcán. Podríamos haber aceptado la opción de aprovechar que el taxista también podía llevarnos gratis, pero pensamos que para las chicas sería ya un golpe muy bajo, les pondría de mal humor, y al fin y al cabo, estábamos seguros de que conseguiríamos encontrar algún otro coche que nos subiera al día siguiente.

Nos despedimos del encantador taxista (que probó suerte y nos preguntó si no le dábamos algo, a lo cual le respondimos: “Numpang is numpang”). Aceptó, nos dió la mano con una sonrisa, y se marchó a dormir a su coche hasta que fuera hora de subir al volcán con las dos rubias de casi dos metros de altura.

Nosotros nos registramos en el hotel, y al subir a nuestra habitación, nos cruzamos por última vez con las chicas, que nos miraron con cara de mosqueo, pensando en si nos volverían a ver por la noche para subir al volcán.

Pasamos una noche reparadora, y al día siguiente, después de disfrutar del desayuno incluido, nos pusimos en marcha para buscar transporte hacia la base del volcán. No tardamos mucho en encontrar un señor que iba hasta el desvío de la carretera principal hacia el parque. Luego un militar paró para llevarnos un trozo corto, y después de andar un poco, una pareja paró al vernos y nos dijo que nos llevarían hasta el último pueblo antes de la entrada al parque nacional del volcán. Fue un trayecto divertido en el que jugamos a intentar entendernos entre su nulo inglés y nuestro escaso bahasa indonesio. Cuando llegamos al que se suponía que era su destino, sin decirnos nada siguieron adelante, y cuando nos dimos cuenta y les preguntamos por qué no paraban, nos dijeron con una sonrisa que se subían con nosotros hasta la entrada del parque, que no les importaba hacer un poco más de carretera por seguir con nosotros.

Al llegar les invitamos a una sopa y un café, y después ellos se volvieron al pueblo y nosotros nos quedamos allí, a ver llegar la noche y descansar como pudiéramos para empezar a andar a las 2am. La zona de la entrada al parque eran un conjunto de casetas, entre las que se encontraba la taquilla para cobrar la entrada al volcán, el warung (restaurante pequeño) y algunas habitaciones que pertenecían a los dueños del warung. Cuando llegamos, la dueña, una mujer encantadora, nos preguntó si queríamos dormir en una habitación, pero le comentamos que no, porque queríamos empezar a andar a las 2, así que nos señaló un cobertizo y nos dijo que podíamos estar allí por la noche.

El resto de la tarde nos la pasamos viendo el paisaje, jugando con los gatos de la zona observando la lluvia que caía a ratos y charlando con alguno de los guías que había por allí.

Cuando se hizo la hora de la cena, pedimos una sopa y disfrutamos viendo jugar a una especie de dominó a varios hombres. Estos, al ver nuestro interés por lo que hacían, propusieron a Rober jugar, a lo cual él no se pudo negar y se sentó con ellos. Fue un rato divertido en el que, además de jugar, se dedicaron a preguntarnos cosas sobre nosotros (bueno, preguntaba uno de ellos, el más jovencito, que hablaba inglés, y luego traducía a los demás), sobre cómo se decían algunas cosas en español y sobre qué íbamos a hacer al día siguiente (y si queríamos guía o moto para bajar al pueblo después de la excursión). Se sorprendieron mucho cuando les contamos que veníamos en autostop desde Jakarta,y se fueron dando cuenta de que no éramos como los demás turistas que llegaban de noche para subir al volcán.

Debimos de caerles bien, porque al cabo de un rato, uno de los hombres, que resultó ser el dueño del warung, nos preguntó dónde íbamos a dormir.  Al decirle que iríamos fuera como su mujer nos había dicho, nos propuso que podíamos dormir allí, en el comedor del warung, que estaba resguardado y más caliente al estar al lado del fuego que tenían encendido. Nos quedamos sorprendidos y le dimos las gracias con una sonrisa. A eso de las 7 de la tarde, recogieron el dominó y nos dijeron que nos preparáramos para dormir porque en 10 minutos apagaban la luz. Nos dieron varios cartones para poner en el suelo y una tela aislante para pasar menos frío. Nos arreglamos como pudimos en aquel rinconcito que nos habían cedido tan amablemente y nos dispusimos a pasar la noche lo mejor posible.

El suelo estaba duro y no era el lugar más cómodo del mundo, pero conseguimos descansar, y a eso de la 1 y media de la madrugada, la llegada de varios coches nos despertó. Los dueños del warung se despertaron también para aprovechar y empezar a servir cafés a los turistas. Cuando leíamos el post de Marcando el Polo sobre este volcán, una de las cosas que más nos apetecía era llegar a un sitio sin mucha fama, con pocos turistas, como lo que ellos habían encontrado. Ya al conocer a las chicas que nos llevaron en su taxis nos imaginamos que no encontraríamos un volcán en el que sólo estuvieran los trabajadores de la mina, pero tampoco nos imaginamos tal cantidad de gente. Cuando terminamos de recoger nuestra mochila y salimos de nuestro hotel improvisado, varios ojos azules y caras de piel blanca nos miraron extrañados, imagino que pensando “¿De dónde salen estos blanquitos?”

Pedimos un te y un bizcocho para juntar energías, y a las dos de las madrugada, como de una carrera se tratara, abrieron la entrada al parque y todo el mundo salió escopeteado hacia arriba por el camino. Nosotros nos lo tomamos con calma, puesto que el volcán no iba a ir a ninguna parte, y poco a poco fuimos adelantando a muchos de los que tenían prisa por llegar y se habían agotado al cabo de pocos minutos de subir.

El camino fue tranquilo, charlando con un francés que iba solo, y antes de darnos cuenta, le dije a Rober: “Creo que estamos ya en el cráter, esto me suena mucho de las fotos de Jota y Dani”. Y así fue, ya habíamos llegado y el camino se desvió para bajar al cráter. No tuvimos que andar mucho cuando empezamos a ver uno de los espectáculos del lugar: la llamas azules. Los gases que emanan, que al entrar en contacto con el oxígeno del ambiente, hacen reacción y se ven de color azul.

Compartimos el lugar con un montón de turistas y los trabajadores de la mina, pensando en que estos debían sentirnos como un estorbo, aunque probaban a vender figuritas de azufre como recuerdo para sacarse un sueldo extra.

En nuestra búsqueda de información sobre el volcán, nos encontramos con la página de un fotógrafo que había estado con los mineros y había visto cómo vivían. Después de leerlo, vimos con nuestros propios ojos muchas de las cosas que él contaba, y a ratos se nos helaba la sangre. Entre otras cosas porque nosotros sólo estuvimos un rato allí abajo y a veces respirar era difícil porque cambiaba el viento y nos lanzaba el humo hacia nosotros.

Cuando llegó la hora de que amaneciera, subimos a la parte alta del cráter para ver salir el sol. Realmente vimos poco del sol porque hay otra montaña que tapa por completo el amanecer, pero a cambio tuvimos una bonita visión del lago que hay en el interior del cráter y de los cambios de colores que se producían a nuestro alrededor conforme iba habiendo más luz.

Después de que saliera el sol, y no se si es que sentíamos que aún no habíamos respirado suficiente azufre, decidimos volver a bajar al cráter para ver las cosas con otra luz. Justo cuando encaminábamos hacia abajo, vimos un cartel que pasó desapercibido a nuestro ojos de noche: ponía en letras enormes PROHIBIDO BAJAR AL CRÁTER A TURISTAS, ES MUY PELIGROSO. Nadie hacía caso al cartel, con lo que nosotros no íbamos a ser menos.

Vimos las cañerías, los trabajadores, el humo… Y volvimos a notar un nudo en la garganta al ver las condiciones en las que estos señores vivían. Más aún cuando nos cruzamos con un trabajador que resultó ser uno de los hombres que había estado jugando al dominó la noche anterior con nosotros. Nos saludó con una sonrisa y un “Hello guapo and guapa” (les habíamos enseñado a decir eso en español).

En esas cestas de mimbre cargan hasta 80 kilos, y suelen hacer dos viajes al día. El dinero que les dan por cada kilo es de risa, y tienen la espalda deformada por el peso que cargan. Para subir van a un ritmo muy lento, pero cuando llegan a zonas llanas o con algo de cuesta abajo, algunos hasta trotan. Algunos con los que te cruzas son realmente jóvenes, y es que aunque se vea tan duro este trabajo, el sueldo que reciben es un poco mayor que la media del país, por lo que a muchos les compensa.

Después de otro buen rato respirando más azufre y llorándonos los ojos, nos fuimos hacia abajo para ver cómo se nos daba el nuevo día. No sabíamos muy bien qué hacer, así que decidimos irnos a la carretera a ver si alguien nos recogía para llevarnos al pueblo del otro lado. Recogimos las mochilas, desayunamos una sopa en el warung, y nos despedimos de la gente que estaba por allí. Al acercarnos a la carretera, nos dimos cuenta de que por allí no pasaban casi coches, más que alguno de los jeeps que habían subido a los turistas al volcán y que los iban a devolver a la ciudad. Por nuestro lado pasaron varios de estos, pero ninguno se dignó a parar al vernos andar por la carretera. Llegamos a la conclusión de que teníamos todo el día por delante y que podíamos ir andando poco a poco hacia abajo, que al final llegaríamos a algún sitio. ¿Conseguiríamos cumplir nuestro reto de cruzar en autostop toda la isla? No nos quedaban nada más que algunos kilómetros, pero estábamos en una carretera desierta y la cosa no pintaba muy bien…

ByR

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s