Buen rollo surfero en Padang Padang

8 al 20 de Julio de 2014

El día se hizo largo. Esa madrugada habíamos subido al volcán y habíamos disfrutado de la experiencia de ver las llamas azules, la mina de azufre, y la dura vida de los trabajadores. Luego habíamos andado durante una hora esperando a que pasara algún coche que nos llevara. Pasó el coche y nos recogió (ayudándonos a cumplir el reto de cruzar Java en autostop). Llegamos a Banyuwangi más pronto de lo esperado y decidimos ir directos al ferry para ir a Bali. Llegamos a Bali y tal cual bajamos del ferry y andamos un poco, un coche que pasó a nuestro lado y al que hicimos señas se paró para cogernos. La mujer debía de tener ganas de llevarnos de cualquier manera, porque aunque su inglés era bueno, y nosotros le dijimos que íbamos al sur, al rato de ir en el coche nos dimos cuenta de que ella iba al norte (nos percatamos cuando vimos que el mar lo teníamos a nuestra izquierda, cuando si hubiésemos ido hacia el sur, lo habríamos tenido a la derecha).

Seguimos con ella para no dar más vuelta hasta que llegamos a la carretera principal que bajaba al sur por mitad de la isla (total, la isla es pequeña y tampoco eran tantos kilómetros de más). Por suerte, al cabo de un rato un hombre que paró iba a Denpasar (la capital) y aceptó llevarnos. La vuelta no planificada al menos nos sirvió como recorrido gratuito por la isla. Lo malo fue que con el tráfico que había llegamos a Denpasar cuando se hizo de noche. No teníamos ganas de dormir allí porque lo que queríamos era llegar a Padang Padang, donde nuestro amigo David estaba alojado y al que teníamos muchas ganas de ver después de 6 meses viajando por estos países y no consiguiendo coincidir de ninguna manera.

El hombre se ofreció a llevarnos a la estación de autobuses y nos ayudó a hablar con los conductores de los minibuses que recorren la isla. Nos pedían mucho dinero, así que nos despedimos de nuestro nuevo amigo y empezamos a dar vuelta a ver qué hacíamos. Unas chicas que acababan de bajar de un autobús se acercaron para hablar con los mismos conductores de minibuses, y al preguntarles dónde iban, nos dijeron que a Ubud, pero que unos chicos querían ir al mismo sitio que nosotros. Hablamos con ellos y decidimos compartir un taxi. Nos salió a unos 6€ a los dos, así que no fue mucho. Llegamos a Padang Padang con un problema: David pensaba que íbamos a llegar mañana, y realmente no sabíamos dónde estaba alojado ni nada. Compramos algo en un supermercado que tenía wifi y conseguimos conectarnos para decirle que habíamos llegado. Nos dijo donde estaba su hostal, y fuimos a preguntar, con la mala pata que era en el acantilado y había que bajar (y luego subir) unos cuentos escalones, y encima al llegar nos dijeron que no tenían nada libre. Vuelta a subir escalones (con la mochila a cuestas).

Al final conseguimos habitación cerca y pudimos, tras comer algo en el super, meternos en la cama para descansar. ¡Menudo día más largo!

Al día siguiente vimos las cosas de otra manera. Estábamos en Bali, isla famosa en sí misma. Por fin nos encontrábamos con David, que había empezado un viaje muy parecido al nuestro un mes después que nosotros, pero por Vietnam, con lo que habíamos ido persiguiéndoles todo el tiempo, sin llegar a coincidir. Conseguimos habitación donde él estaba alojado: un hostal emplazado en medio del acantilado, con la zona de olas de Padang Padang, famosa entre surferos de todo el mundo, y un ambiente muy “buen-rollero”.

Nuestra idea era estar dos o tres días allí con él y luego ir a recorrer Bali y Lombok. Pasamos los dos primeros días conociendo a la gente que estaba por allí, charlando con David sobre experiencias del viaje, y comiendo muy bien (aunque más caro que en Java…). Y pasó lo que nos temíamos: nos quedamos allí atrapados. Que fácil es dejar pasar los días cuando estas a gusto. Primero decidimos posponer la idea de Lombok, luego, de tanto posponer, esa visita se cayó de la lista. “Ya volveremos”, pensamos. Y lo que pretendían ser dos o tres días, se alargó hasta doce días.

En esos días, surfear surfeamos poco. Sólo alquilamos un día tablas, pero al entrar al agua, nos dimos cuenta de que el tamaño de las olas era considerable, y nos preguntamos cómo podían considerar aquella zona para principiantes… De todas formas, aprendimos mucho sobre surf gracias a la gente que había por el hostal, que nos contaba las diferencias de tipo de ola según fuera fondo de arena o de arrecife, los tubos, cómo variaba el estilo de coger olas en función de la tabla que usaras, etc. Que en marea baja, la cosa se puede poner muy peligrosa porque el agua te puede rebozar por el arrecife y acabar hecho un cuadro de heridas, y además con mucha facilidad para infectarse por las bacterias. También empezamos a aprender que en el mundo del surf hay olas famosas, como Desert Point, y que el estereotipo de Australiano rubio surfero existe, y en Bali puede ser una plaga :). Mirando también se puede aprender mucho.

También empezamos a ver de a poco la cultura de la isla. Aunque estábamos en una zona 100% turística, en la que la relación con los locales era casi nula, al menos estaba la gente del hostal, y la familia del warung donde casi siempre íbamos a comer. No era fácil ver cómo vivían, pero si que te dabas cuenta de que la religión impregnaba sus vidas (esta isla es de mayoría hinduista), cuando todos los días te encontrabas en las escaleras del hostal las coloridas ofrendas y a veces aparecían vestidos con sus ropas tradicionales.

Pero sobre todo, lo que nos atrapó allí tantos días fue, como no, la gente. Aunque durante la mañana, los surferos se iban a buscar olas, la hora de comer siempre significaba reunión, y por las noches, las sesiones de guitarra, música, charlas… se hacían eternas sentados en la terraza mirando el mar o compartiendo el rato con la familia del warung, que eran músicos de los de quitarse el sombrero.

Y las excursiones con las motos, donde lo raro era cuando no perdíamos a alguien por el camino. De las mejores experiencias de esos días fue cuando, con 8 ó 10 motos, nos fuimos a un mercado local de pescado fresco, donde, después de comprar pescado y marisco, allí mismo te lo cocinaban a la brasa. Nos pusimos las botas y disfrutamos como hacía tiempo no lo hacíamos. Delicioso y super barato!.

Fueron días de relax, de interesarnos por aprender a tocar la guitarra, de empezar a hacer los primeros nudos de macramé, de comer delicioso, de muchas risas, de buena gente, de cantar “primavera trompetera”, de disfrutar de escuchar flamenco en una guitarra española a la luz de la luna (flamenco, quién nos lo hubiera dicho!), de volvernos muy vagos e ir a todas partes en moto, de ayudar a curar heridas de surferos rebozados en el arrecife, de conocer gente de muchas partes del mundo (aunque el idioma predominante fuera el español), de ir a una fiesta de full moon en la playa, de conversaciones interminables sobre la vida, los viajes, el vivir viajando…

Al final tomamos la decisión de dejar Padang Padang cuando David cogió su vuelo para volver a España. Si no, todavía seguiríamos allí…

ByR

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