Dando una vuelta por Bali – Parte I

20 al 31 de Julio de 2014

Bali, tu fama te precede. Qué difícil es no crearse expectativas sobre ti. Qué difícil debe ser contentar a todo el mundo. Los turistas que esperan encontrar un cachito de paraíso en la tierra; los viajeros y mochileros que llegan medio espantados pensando en lo que encontrarán; los que buscan fiesta, alcohol, playas; los que esperan relax, la brisa del mar, surf, sol; los que quieren una mezcla de todo lo anterior… TODO el mundo espera mil cosas de ti, isla bonita. ¡Y contentarnos a todos es taaaan difícil! Pero al menos lo intentas, y a veces lo consigues.

Nosotros no sabíamos qué esperar, pero teníamos claro que queríamos ver con nuestros propios ojos lo que ofreces. Escuchar tanto, frases del tipo “no vayas aquí”, “no os perdáis esto o aquello”… Tenemos que verlo para opinar por nosotros mismos.

Los días en Padang Padang nos dieron una imagen que nos gustó: el ambiente surfero, con la tranquilidad y el buen rollo, no nos había decepcionado, pero la isla, a pesar de su reducido tamaño, está repleta de “atracciones turísticas” y lugares para ver, y cada sitio tiene su punto.

No teníamos mucho tiempo antes de nuestro vuelo de vuelta a Tailandia, después de habernos quedado atrapados en Padang Padang por tantos días, pero cogimos la moto y decidimos ir a dar una vuelta, a ver qué encontrábamos.

Templos, playas, naturaleza, surf, cultura… Son cosas que nunca faltan en listas de “imprescindibles de Bali”. La verdad es que nuestras ganas de recorrer mil lugares se habían reducido, y nos apetecía más ir tranquilos aunque no “viéramos todo” lo que la isla ofrece.

Ubud tiene tanta fama hoy en día como muchas de las playas, y aunque preferimos buscar sitios poco turísticos, en Bali eso es casi imposible, así que nos resentimos a compartir el tiempo con gente de todo el mundo. Después de dejar a David en Kuta para que cogiera su avión de vuelta a España, pusimos rumbo a Ubud con la moto. No nos costó mucho, y nos encontramos un pueblo con cierto encanto a pesar de la masificación.

Después de dar varias vueltas mirando muchos hostales y guesthouses, decidimos quedarnos en una casa con pocas habitaciones y el encanto de los altares religiosos en la puerta del jardín. Negociamos un buen precio, y encontramos una habitación espaciosa, una terraza agradable y un termo con agua caliente para hacernos un café o té al entrar. “Por ahora me gusta lo que veo”, pensé. El hombre que regentaba el sitio era encantador, y encontramos muchas ofrendas en cada esquina de la casa.

Ubud era un pueblo tranquilo, que se hizo famoso tras salir en la peli Come Reza Ama de Julia Roberts. Empezaron a llegar turistas buscando la espiritualidad y la cultura del lugar, y la gente del lugar se volcó con los visitantes, convirtiendo el pueblo en calles volcadas totalmente al turista. Cada local de las dos calles principales es un negocio de souvenirs, ropa, cafés o restaurantes que ofrecen comida occidental a precio occidental. Estás en Bali, los precios nunca serán asiáticos.

Tiene su encanto, para qué negarlo. La lista de cosas que hacer incluye algún templo, compras, buena comida y perderse por los campos de arroz de los alrededores. Esto último lo hicimos un par de veces, y realmente es bonito, aunque sinceramente, hemos visto muchos campos de arroz estos meses, y llega un momento en el que tu capacidad de sorpresa se reduce, y ya no te llaman tanto la atención algunas cosas.

Una tarde, cuando nos reunimos con algunos de los chicos que habíamos conocido en Padang Padang, nos propusieron ir a ver un templo con una cueva y algún otro punto de interés. Nos acercamos a la entrada, y al ir hacia la taquilla, nos dimos cuenta que no teníamos muchas ganas de entrar a ver el templo (y menos aún pagar…) y decidimos despedirnos de los amigos hasta la noche e ir a hacer algo que nos apetecía mucho más. De camino habíamos visto un taller de vespas… y nos acercamos a ver cómo trabajaban.

Nos quedamos sin ver un templo que seguramente habría sido interesante, pero a cambio nos llevamos un par de horas de charla con los mecánicos, donde nos contaron cómo trabajaban, que tenían un club de Vespas en el pueblo, que no eran caras de comprar (nos interesamos por los precios… quién sabe por qué…), nos preguntaron cosas sobre nuestra vespa al ver la foto que llevamos en el móvil, y nos enseñaron su preciosa colección.

Y además, para terminar el día, sin planearlo, pasamos por delante de un refugio de perros abandonados, y decidimos entrar a ver cómo los cuidaban. Una chica neozelandesa nos contó cómo trabajaban, nos enseñó los perros sanos que estaban listos para adoptar, los que no estaban sanos y que estaban tratando para que se recuperaran, y hasta nos presentó a un cachorrito de sólo unos días que acababan de llevar al refugio después de que sus dueños quisieran matarlo a palazos y tirarlo al contenedor, todo porque era de color negro en lugar de blanco, como aquí los prefieren. Tanto nos gustó el sitio, que como no podíamos adoptar a uno de ellos, decidimos hacer una donación. Fue muy poquito, algo simbólico para nosotros, pero al menos fue agradable cuando la chica nos dijo que aunque para Europa era muy poco, allí era la comida de una semana para aquel cachorrito que habíamos tenido en brazos.

Aquellos días fueron de relax (alguno se preguntará, ¿más relax? ¿no habéis tenido bastante?), y disfrutamos de desayunos tranquilos en la terraza de la habitación, cuando nos traían una bandeja con zumo de papaya, pancake con fruta, mermelada, una tortilla y tostadas, y todo el café o té que quisiéramos; y todo incluido. Paseamos con la moto por los arrozales, vimos templos por las calles de Ubud, nos perdimos por callejones en donde puertas pequeñas y aparentemente insignificantes te llevaban a jardines llenos de altares y ofrendas a divinidades hindúes, miramos tiendas, y comimos en unos puestos callejeros bastante baratos y de comida deliciosa, donde curiosamente, los locales nos miraban extrañados al ser los únicos turistas allí.

Cuando decidimos que ya teníamos bastante “Ubud”, sin contar con ello, el mismo día que habíamos decidido cambiar de sitio e ir a visitar otro lugar, nos llegó la invitación de un chico de couchsurfing para quedarnos en su casa. No supimos negarnos a conocer la vida de alguien en Bali, y aceptamos para ver qué nos podía enseñar; su perfil sonaba super interesante.

Continua en la segunda parte…

ByR

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