Oliendo cómo respira La Tierra. Paseando por Rotorua

25 al 27 de Octubre y 23 al 30 de Diciembre de 2014

La oferta de “cosas para hacer” en las ciudades más turísticas de este país siempre es muy grande. Hemos pasado por la zona de Rotorua dos veces ya, y la verdad es que nos gusta mucho. Es una zona geotermal, donde eres consciente del olor de las entrañas de La Tierra. Como se dice por ahí, “la ciudad huele a huevo podrido”.

Y es cierto. Eres consciente de que has llegado porque de repente dentro de la furgo empieza a oler mal. El olor a azufre se mete en todas partes y te preguntas: ¿será agradable vivir aquí?

La primera vez que pasamos por la zona fue algo fugaz. Con aquello de la búsqueda de trabajo, pasamos con la idea de poder tacharlo de la lista en plan rápido, de lo cual luego nos arrepentimos y volvimos en las vacaciones de Navidad a pasar una semana con nuestros amigos. Durante la primera visita, llegamos desde Tauranga en plena noche, con la desesperación de no saber dónde dormir (obviamente, tenía que ser gratuito, y si podía ser legal, mejor, para dormir tranquilos). Desesperados al ver que el sitio que se suponía sólo para self-containers, pero donde teníamos la esperanza de poder escondernos, resultó tener la caseta del ranger en la puerta, pusimos rumbo al que parecía un lugar permitido al norte del lago Rotorua, pero de pago. Decidimos hasta pagar si hacía falta, pero lo que queríamos era dormir. Por suerte, al llegar descubrimos que la honesty box donde meter el dinero estaba rota y allí no había rastro de la opción de pago. Dormimos contentos y tranquilos y al día siguiente descubrimos un lugar agradable al lado del río Kaituna, con las Okere falls como rumor de fondo.

El sitio donde conseguimos dormir gratis

La primera visita fue por la ciudad y por alguno de los lagos de alrededores. Cosas que sólo pasan aquí: uno de los atractivos de la ciudad de Rotorua es pasear por un parque donde hay que llevar cuidado de no meter el pie en un lago hirviendo o en un charco de barro burbujeante. Hemos exagerado, puesto que todo está bien marcado y vallado, y no creo que nadie meta el pie por descuido en ningún sitio peligroso.

Muy cerca del i-site (información turística) y al lado de las orillas del lago, el parque Kuirau está lleno de pozas escondidas entre la maleza, delatadas por el vapor que sale de ellas. No hicimos mucho más en aquella visita fugaz, aparte de pasar aquella misma tarde dando una vuelta por una de las zonas de lagos de las afueras de la ciudad y correr los 5,5 kilómetros del camino que da la vuelta al lago Tikitapu.

Paseando por el parque te encuentras cosas como esta

Nos fuimos de la zona pensando: “Una cosa menos”. Pero a mí no se me quedó esa sensación. Se me quedó la sensación de que había más cosas interesantes que disfrutar.

Así que en las vacaciones de Navidad, cuando nuestros amigos (de esos que conoces en la ruta y todo es tan intenso que ya pasan a ser amigos de toda la vida…) nos dijeron que estaban en Rotorua, y nosotros queríamos pasar unos días con ellos, yo pensé: “Bien! Esta vez disfrutaré de esta zona a otro ritmo”. Pasamos una semana con ellos de la más variada, pero siempre con el telón de fondo de largas conversaciones y acordes del ukelele.

Disfrutamos  de una cena de Nochebuena a base de chuletas de cordero, longanizas y tortilla de patata, todo cocinado en unas barbacoas elétricas públicas a orillas del lago Tikitapu. Y la comida de Navidad fue deliciosa también: las sobras de la cena a la sombra del bosque de secuoyas.

A parte de esas charlas, acordes de ukelele y “campamentos gitanos” en torno a las furgos, disfrutamos de los encantos de la zona alrededor del lago Rotorua. En el sitio donde dormíamos todas las noches, la que era nuestra “casa”, resultó ser una famosa sección del río donde varias empresas de aventura iban todos los días a bajar rápidos con el raft o con una especie de bodyboard para ríos (de plástico rígido).

Nuestras sobremesas del desayuno (que acababan casi siempre uniéndose con la comida), eran acompañadas por los silbatos de los raftings avisando al cámara de la empresa que llegaban a la cascada, para que pudiera sacar la mejor foto del momento. Además, la zona siempre era un paseo constante de gente con los kayaks, los remos o cualquier cosa para entrar al río y disfrutar de la fuerza del agua.

Cuando decidíamos que ya era hora de mover las furgos y “hacer algo de provecho”, nos acercábamos a los lagos de la zona para pasear (o trasladar la charla a otro sitio), o nos íbamos al bosque de secuoias a correr un rato (o seguir charlando).

Este bosque (Redwood Forest) no es originario del país. Hace cosa de 100 años, se plantaron en la zona más de 170 especies de árboles, con la intención de descubrir cuál de ellas era la mejor opción para plantar en producción y utilizarla en la industria maderera. Un tipo de pino que ahora encuentras en todo el país en forma de bosques artificiales de líneas perfectas, fue el que resultó elegido por el buen resultado que dio, pero en el bosque de prueba de Rotorua, las secuoyas californianas crecieron y crearon una zona espectacular.

Si a estos árboles, impresionantes allí donde estén, les unes un terreno termal y volcánico, el resultado es espectacular. Un parque lleno de caminos de todas las distancias y dificultades posibles, repleto de secretos como ríos de colores extraños o árboles con aspecto mágico. Entrenar corriendo por estos sitios tiene un peligro: ya no queremos volver a saber nada de correr por la ciudad.

Uno de esos días que nos acercamos al bosque, descubrimos otra reunión de coches antiguos,  puestos en línea bajo las secuoyas, y acompañados por cientos de autocaravanas, furgos o motorhomes “muy kiwis”. Este era otro de los temas recurrentes en nuestras charlas: soñar con tener alguna de esas casas rodantes. Si alguien tiene ganas de sponsorizarnos, de verdad que nos conformamos con algo sencillo (la Huevona se queda un poco justa, quizá el siguiente nivel estaría genial).

Por supuesto no faltó alguna visita a la biblioteca, necesaria para cargar dispositivos electrónicos y darle un vistazo al intené. En la entrada había una casita de muñecas tan alta como una persona, llena de detallitos que conseguían que pasaras minutos mirando cada habitación.

Y las duchas de la tarde, con una palangana y un vaso, a base de agua fría, por partes (primero cabeza y luego cuerpo) y mucha velocidad, para estar el menor tiempo posible en contacto con el agua helada.

Y un día decidimos hacer algo que hacía muuuuucho que no hacíamos y que aunque costó tomar la decisión de gastar el dinero, al final nos gustó: pasar la tarde en un rocódromo, jugando con la dificultad de las vías y sintiéndonos mejor de lo que pensábamos.

Después de esa semana de visita por el lugar, hemos llegado a la conclusión de que la zona de Rotorua nos gusta mucho, y como pasa mucho en este país, siempre encuentras un nuevo camino por el que pasear o una nueva zona a la que acercarte a echar un vistazo. Seguro que si por una de aquellas volviéramos, aún podríamos hacer algo diferente.

Aquí os dejamos un mapa general de la zona:

ByR

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2 comentarios en “Oliendo cómo respira La Tierra. Paseando por Rotorua

    • ¡Sergio! Qué alegría verte por aquí. La verdad que la zona esta muy chula, lástima que no haya nada ‘cerca’ para escalar, sino ya sería lo más de lo más! Un abrazo y a seguir intentado lo de Guía de Alta Montaña que seguro que al final llegará de una manera o de otra.

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