Wellington, última parada en la Isla Norte

30 de Marzo al 1 de Abril de 2015

Llegó el momento de marchar hacia el sur. Después de haber pasado siete meses en la isla norte viajando, trabajando, haciendo de housesitters, conociendo a gente y aprendiendo acerca de cómo son nuestras antípodas… el 30 de Marzo salimos del Butterfly con destino a Wellington. Auckland podría parecer la capital del país, puesto que es la ciudad más grande y la que más vida tiene, pero Wellington tiene el título por encontrarse en medio de todo el territorio.

Despedida del Butterfly Cottage

Antes de llegar, la verdad es que no sabíamos muy bien que esperarnos de la ciudad. Aquí en Nueva Zelanda, a cualquier pueblo como Napier, Hastings o Rotorua (58.000, 60.000 y 70.000 habitantes respectivamente) los llaman ciudades. Si bien es cierto que en Wellington viven cerca 200.000 personas, nunca sabes muy bien que te vas a encontrar ni qué ambiente va a reinar en las calles.

Saliendo de Hastings con un tiempo muy típico de Nueva Zelanda

Tras un viaje con lluvia y un tiempo muy propio de este país, llegamos a Wellington a media tarde con un tiempo bien distinto con el que habíamos salido. Un cielo completamente despejado con alguna que otra nube nos dieron la bienvenida. Teníamos un día y medio para ver la ciudad así que no desaprovechamos ni un instante, aparcamos las furgos y salimos a dar un paseo. Con aquello de buscar lo barato, aparcamos en la colina del monte Victoria (de los pocos sitios de parking gratuito de la ciudad) y a cambio, pudimos disfrutar de una primera vista ‘aérea’ de la bahía.

Primeros paseos por Wellington

Arte callejero

Seguimos andando camino del centro y empezamos a ver como la vida en la ciudad se desarrollaba con un poco más de similitud a lo que nosotros estamos acostumbrados a ver en Valencia. Al contrario del resto de ciudades kiwis, parecía que la gente disfrutaba de pasear por la calle, tomar el sol, charlar con los amigos en una terraza tomando algo o simplemente estar sentado en un banco leyendo una novela. Fue algo que no vimos en Auckland, donde parecía que la vida iba con un poco más de rapidez y estrés. En Wellington fue una visión totalmente diferente, una ciudad limpia, ‘bonita’, con arte callejero llenando las paredes de colores.

Zona de bares cercana al puerto

Terrazas de lo más modernas

Paseamos por la calle Cuba, una de las más turísticas de la ciudad, y cuando ya la habíamos recorrido en ambas direcciones, cogimos los coches y nos fuimos a uno de los miradores que tiene la ciudad. Desde allí vimos un atardecer no muy espectacular y nos fuimos a la zona de dormir con una nueva sensación: ‘parece que esta ciudad tiene un poco más de gracia de lo que hemos visto hasta ahora’.

Calle Cuba

Cajas en medio de la calle para quien las quiera coger

Paseando por la zona cercana al puerto

Atardece en Wellington

Al día siguiente, lo primero que hicimos fue visitar el Te Papa Museum. Como diría cualquier guía turística, es una de las visitas obligatorias de la ciudad. El museo, siendo sinceros, es una auténtica pasada. Su nombre significa el cofre del tesoro y no es para menos, pues en sus cinco plantas hay exposiciones de todo tipo: historia maorí y regiones de pacífico; documentales medioambientales; casas que simulan terremotos, zonas en las que puedes interactuar, paneles educativos para niños… Pasamos casi toda la mañana recorriendo sus pasillos y cuando nuestra mente no daba para más, salimos a dar una última vuelta.

Berta ‘pilotando’ un avión en una de las exposiciones del museo

Proa de una canoa maori

Izquierda (superficie en marrón que pertenecía a los maoris antes de la colonización europea); Derecha (superficie, color marrón, que pertenece hoy en día a los maoris)

Contenedores de barco reconvertidos en puestos callejeros, escaleras con un toque de gracia, calles limpias e impolutas, cables sobrevolando las calles para el trolebús… Sentimos que Wellington tenía un carácter diferente. ¡Por fin una ciudad de este país nos decía algo!

 Al día siguiente los despertadores sonaron a las 6am, nos levantamos y pusimos rumbo al puerto. Allí nos esperaba el ferry con el cual íbamos, por fin, a la Isla Sur.

Esperando a embarcar

¡Al sur del sur!

RyB

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