Nadando con delfines en Kaikoura

9 y 10 de Abril de 2015

Nuestra idea para esta primera visita por la isla sur era ir despacio, sin prisa ni plan trazado. Parar donde sintiéramos ganas de hacerlo y tomárnoslo con calma. Habíamos visto un trocito del norte de la isla, con la idea de volver a la zona de Nelson en unas semanas a volver a buscar trabajo, y ahora tocaba empezar a ir hacia el sur y acercarnos a las ansiadas montañas: desde que habíamos llegado a Nueva Zelanda que estábamos deseando ver los Alpes.

Nelson Lakes National Park

Hicimos una pequeña parada en el Parque Nacional de los Nelson Lakes, pero esta vez no pudimos cumplir con nuestro objetivo de ir lentos y parar donde quisiéramos. Los lagos nos tentaron de pasar unos días por sus alrededores, pero el día siguiente estaba marcado en el calendario y Alex y Ana nos esperaban en Kaikoura junto a los padres de Ana.

Recorrimos una parte del Lewis Pass y de la carretera llamada Alpine Pacific Triangle para llegar a media tarde a la ciudad de Kaikoura. Los paisajes nos dieron una visión diferente a la isla norte: ya no predominaban las grandes praderas verdes, ahora es todo un poco más escarpado y “alpino”. Además, estamos a mitad del otoño, y el paisaje brinda unos colores diferentes. Eso sí, si los días fueran soleados sería mucho mejor…

Alpine Pacific Triangle Highway

¿Por qué teníamos el día 10 de Abril marcado en el calendario? Porque Ana y yo íbamos a disfrutar de nuestro regalo de cumpleaños (yo con un poco de retraso y ella con unos días de adelanto…). Cuando unos chicos que conocimos en Hastings nos contaron que habían hecho una excursión en barco para nadar con delfines en la bahía de Kaikoura, no pude evitar desear hacerlo. Por suerte, desde las antípodas de Nueva Zelanda decidieron regalármelo por mi cumple, así que Ana y yo marcamos el día 10 en nuestras agendas, que coincidía con el primer día de viaje de sus padres por Aotearoa.

Kaikoura tiene una enorme riqueza marina porque en su bahía se reúnen las condiciones perfectas de nutrientes para muchas colonias de peces y animales marinos. Leones, ballenas, aves, delfines… Y nosotros contratamos un tour para ir en busca de la colonia de Dusky Dolphins.

La península de Kaikoura

Nos reunimos el día 9 por la tarde en una colonia de leones marinos a las afueras de la ciudad. Los leones estaban allí, tomando el sol o disfrutando de una larga siesta sin inmutarse casi en absoluto por nuestra presencia. Varias crías jugaban en el agua para deleite nuestro, y nos miraban curiosas. Yo diría que nos miraban con cara de que los raros éramos nosotros, sin duda.

Esta cría se pasó una hora nadando delante nuestro y jugando a perseguir un palo al que un chico había enganchado una cámara GoPro. ¡Seguro que ese vídeo debió salir precioso!

Esa noche colocamos las furgos en paralelo frente a una preciosa playa, donde varios surferos disfrutaron de coger olas a la mañana siguiente mientras nosotros desayunábamos. Y a las 12 del mediodía, nos reunimos en la sede de la empresa donde habíamos contratado el tour. Aunque el día había salido bastante despejado, conforme fue pasando la mañana fueron entrando nubes, y el tiempo no pintaba muy bien. Hacía fresco, y temíamos el momento de meternos en el agua, pero nos dieron buenos neoprenos. Nos explicaron las cuestiones de seguridad, nos dieron todo el equipo necesario para la excursión, y nos repitieron varias veces algo a tener en cuenta: íbamos a visitar a una colonia de delfines en libertad, con lo cual la empresa no puede asegurar al 100% que se pueda nadar con ellos, porque ellos son los que deciden si sienten curiosidad por nosotros y quieren jugar, además del hecho de que pueden ni siquiera aparecer.

La playa dónde dormimos

¡Listos para zambullirnos en el Pacífico!

El barquito con el que nos adentramos en las aguas de la bahía en busca de los delfines

El barco zarpó a toda velocidad hacia mar abierto. Conforme había llegado la hora de empezar la excursión, el tiempo había ido empeorando, y el mar estaba picado. Lo primero que nos explicaron al subir al barco fue qué hacer para evitar marearnos y dónde estaban los cubos por si no lo conseguíamos. Durante cosa de una hora, el capitán rondó por las aguas buscando a los delfines, pero estaban un poco esquivos. En un momento dado se adivinó alguna aleta asomar entre las olas, y por el altavoz nos animaron a prepararnos para entrar en el agua. ¡Qué emoción!

Saltamos al agua desde la parte trasera del barco, con el consecuente primer impacto con el agua fría, hasta que el neopreno hizo su función y pudimos sentirnos mejor. En seguida el espectáculo lo dimos nosotros, porque los delfines se habían marchado; en tierra nos habían contado que una de las maneras de llamar su atención es hacer ruido, como intentando imitar el sonido que hacen ellos. Así que allí estábamos, luchando contra la mala mar, mareándonos, pero con la cabeza dentro del agua y el culo en pompa por la flotabilidad del neopreno, y haciendo ruiditos tontos sin conseguir llamar su atención. Al cabo de unos minutos nos llamaron desde el barco para subir y buscarlos en otra parte.

Saltamos al agua otras dos veces con el mismo resultado. Cada vez estábamos más mareados, alguno había empezado a deshacerse del desayuno en los cubos que habían en el barco o por la borda, y todos estábamos bastante desanimados.

Nos animaron a saltar por cuarta vez, y al cabo de un minuto, le grité a Ana que viniera (se había quedado en el barco en compañía de un cubo); ¡esta vez tenían ganas de jugar! No daba crédito a mis ojos, y empecé a girar en círculos y a seguirlos con la mirada. Pasaban por mi lado, por debajo mío, giraban conmigo… A ratos parecía que sus ojos se clavaban en mi mirada, y de la emoción me entraban ganas de llorar. Tragué agua varias veces por no prestar atención a cómo me ponía las gafas y el tubo, y en ningún momento noté el frío; tenía cosas más importantes por las que preocuparme.

No se cuanto rato estuvimos (juraría que casi media hora…), pero al final muchos decidimos subir al barco no porque se hubieran ido los delfines sino porque estábamos mareados y cansados de dar vueltas sobre nosotros mismos, luchar contra las olas e hiperventilar por la emoción. Fue una experiencia fantástica que espero poder repetir algún día (y compartir con Rober…).

La foto que hizo Ana, de Mochileo Low Cost, y que se quedará para el recuerdo de esta preciosa experiencia

Una vez estuvimos de nuevo todos en el barco, nos invitaron a galletas y chocolate caliente, nos dieron mantas para que no nos heláramos de frío, y pusimos rumbo al puerto. El tiempo se terminó de estropear y se puso a llover, pero la adrenalina aún corría por nuestras venas y sólo pensaba en llegar y contárselo a Rober.

Nosotros todavía no hemos sumado a nuestro equipo una cámara acuática (me temo que vamos a tardar poco en añadirla), pero Ana pudo grabar un poco, así que algo guardo para el recuerdo.

Mochileo Low Cost editó este vídeo, en que se ve la diferencia en la expresión de nuestras caras entre las primeras veces que saltamos al agua y la última.

Y todavía con la emoción, pusimos rumbo hacia el sur, para seguir nuestra ruta y seguir descubriendo este precioso país. Eso si, el tiempo en los próximos días no acompañó, así que no fue fácil disfrutar de los paisajes.

La carretera hacia Christchurch en medio de la lluvia

ByR

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