Arthur Pass, cruzando la isla sur desde la costa este a la oeste

11 al 16 de Abril de 2015

Tras la experiencia en Kaikoura, y despedirnos de Ana y Alex, sólo teníamos una cosa en mente: los Alpes.

Pero Nueva Zelanda es caprichosa, y te hace desear las cosas más aún. Llegamos a Christchurch con idea de pasar de largo, pero la previsión meteorológica nos hizo replanteárnoslo. Durante los próximos días, la lluvia iba a ser constante, y el frío iba a hacer que olvidáramos el otoño.

Hicimos una parada técnica en la ciudad más grande de esta isla para hacer alguna “tarea del hogar”, como poner la lavadora o hacer la compra, y abrimos el mapa para ver qué podíamos hacer durante la espera. Descubrimos un lugar para dormir gratuito a 60 kilómetros, cerca de un pueblo llamado Darfield, donde al parecer había biblioteca y wifi gratuito. Nos pareció una buena opción, porque estaba de camino al Arthur Pass, por donde queríamos ir hacia la costa oeste.

Pasamos un par de días sin apenas levantar el culo de la silla de la biblioteca, mientras por la ventana veíamos llover y hacer viento. Por las noches, el termómetro marcaba entre 3 y 5 grados cuando anochecía, y teníamos que abrigarnos hasta la nariz, pensando: ¿Y así es el otoño…? Pues vete tu a saber cómo vamos a sobrevivir al invierno… Luego nos enteramos de que se había establecido un récord de bajas temperaturas. Consuela saber que no es algo normal.

De a ratos el cielo se despejaba un poco y el atardecer nos dejaba luces preciosas

El día 15, la previsión se cumplió y el tiempo mejoró. Como se había pasado la noche lloviendo y había hecho tanto frío, nos despertamos con esta preciosa estampa: ¡parecía que hubiese nevado!

La Huevona con un dedo de escarcha por la lluvia y el frío

Cuando nos dispusimos a coger la carretera para acercarnos a las montañas, no pudimos evitar parar en el arcén varias veces. Las montañas se extendían en todo su esplendor delante nuestro, y con una capa de nieve reciente que les daba aspecto de postal. Ahora si que estamos en nuestro ambiente. ¡Quiero subirlas todas!

Postal de Nueva Zelanda

Pusimos a la Huevona en velocidad de disfrute y nos adentramos en el valle del Arthur Pass. La carretera iba ganando altura poco a poco, y las montañas fueron rodeándonos. El día era espectacular. Hicimos una primera parada en la zona de Castle Hill, famosa por las formaciones de bloques de roca en mitad de la pradera, donde además hay una zona de escalada. Aunque hay vías de escalada con cuerda, son pocas y sin mucho interés. En la zona predomina la escalada en bloque.

Cogimos los pies de gato y nos acercamos a los bloques, a ver si podíamos hacer un poco de postureo. Hacía un frío considerable, del tipo en el que la adherencia es máxima (como diría un amigo nuestro). No llevábamos crashpad y no somos muy bloqueros, así que estuvimos haciendo un rato el tonto. Eso sí, las fotos salieron espectaculares.

Tras un rato en el que el sol no consiguió calentarnos del todo, volvimos al coche y seguimos subiendo. Hicimos una parada en una especie de pueblo, que tenía más pinta de urbanización de chalets, con una mezcla de estilo moderno, pero intentando imitar pueblos alpinos del centro de Europa sin mucho éxito. A los dos se nos pasó el mismo pensamiento por la mente: a un housesitting aquí durante un mes sería incapaz de negarme…

Mientras seguíamos haciendo kilómetros, mirábamos el paisaje y disfrutábamos del silencio de las montañas. Algo diferente entre estos, y nuestros queridos Alpes europeos, es una imagen que por aquí predomina bastante y que allí no tenemos: una llanura enorme, sin apenas desnivel, por donde pasa un río con mil meandros, y de repente, la ladera de la montaña se alza con una verticalidad asombrosa. Por eso estas montañas parecen tan imponentes y abruptas.

Nos acercamos al i-site del pueblo de Arthur Pass, en la parte alta del puerto de montaña, para informarnos bien del estado de la excursión que queríamos hacer al día siguiente. Por fin íbamos a pisar terreno alpino. Parecía que las condiciones eran buenas, y a pesar de que el nombre del pico Avalanche Peak daba pie a ser precavidos con el estado de la nieve, en el punto de información nos dijeron que no había problemas de avalanchas.

Organizamos todas las cosas, comimos algo mientras veíamos pasar el tren que cruza la isla de costa a costa, y disfrutamos de ver por primera vez al loro endémico de los Alpes neozelandeses: el Kea. Es precioso, tiene unos colores vivos muy bonitos (sobre todo cuando abre las alas, puesto que por la parte de abajo sus plumas son rojas), y es más grande de lo que pensábamos.

Dormimos en un lugar permitido al lado de la carretera, y nos preparamos para volver a ser montañeros.

La carretera que baja hacia la costa oeste una vez pasado el puerto de Arthur Pass

ByR

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