La decepción de Queenstown

20 al 24 de Abril de 2015

Queenstown tiene fama mundial en lo que se refiere a viajes por Nueva Zelanda. Es parada obligatoria, lugar que genera pasiones de todo aquel que pasa por aquí, o por lo menos eso cuentan. Así como parece que no puedes venir a Nueva Zelanda y marcharte sin hacer un trekking o sentirte montañero (parece que todo aquel que pasa por este país tiene que colgarse la mochila y pasear por la montaña, aunque nunca lo haya hecho antes o nunca haya tenido ni el más mínimo interés en ello…), también parece que nadie puede pasar por Queenstown y no probar algún deporte de riesgo-aventura. Parapente, bungy jumping, rafting, skii… ALGO tienes que hacer al pasar por aquí. Está esa opción, o la opción Working Holiday Visa: no puede ser que vengas a pasar un año a Nueva Zelanda a viajar y trabajar, y no trabajes una temporada en Queesntown.

Pues eso, como no se puede venir a Nueva Zelanda y dejar Queenstown de lado, nosotros no podíamos ser menos…

Llegamos desde Wanaka y nos encontramos la ciudad envuelta en un día gris. Con un tiempo que no acompañaba a disfrutar del entorno que parece que le da tanta belleza a la ciudad, sólo nos quedamos con la idea de una ciudad 100% turística y llena de tiendas de souvenirs o agencias de tours y excursiones. Tuvimos a ratos la sensación, salvando las distancias, de estar paseando por Hanoi, Vietnam, donde todo son agencias de viajes que te venden el tour a la Bahía de Halong o a los pueblos de las montañas. En Queenstown, todo era actividades de aventura o deportes para hacer saltar la adrenalina, a precios prohibitivos.

Por suerte, a unos kilómetros a las afueras de la ciudad, hay un sitio donde está permitido dormir gratis con furgo como la nuestra, así que no tuvimos que huir de la zona.

Quisimos hacer una visita a la biblioteca para cargar aparatos y ver internet, pero la wifi sólo te deja 30 minutos gratuitos. Al menos los enchufes son gratis… Al ver que no podíamos estar en esta biblioteca mucho rato, nos acercamos al pueblo de Arrowtown, cerca de Queenstown y famoso por mantener muchas de las casas de la época de la fiebre del oro.

Nos encontramos un pueblecito con el encanto de las casas antiguas, pero con la sensación de ser un decorado para turistas. No era feo, pero tampoco nos transmitió tanto. Lo bueno eran los colores de alrededor: el otoño puede hacer bonito cualquier lugar con árboles caducos. Además, la biblioteca que íbamos buscando resultó ser una casita minúscula sin ninguna mesa donde ponerse, con wifi gratuito, pero sin enchufes. Seguía sin servirnos.

La biblioteca, encantadora pero sin utilidad para nosotros

Esperando poder hacer algo más de nuestro agrado, decidimos alejarnos de la ciudad y adentrarnos en los valles montañosos de los alrededores. Glenorchy es el pueblo que se encuentra al final de la carretera que bordea el lago Wakatipu desde Queenstown. Dicen que la carretera te regala una estampa preciosa de las montañas, y que es uno de los motivos por los que Queenstown es tan bonita. No tuvimos suerte con ello tampoco y la hicimos bajo una lluvia tonta y sin poder ver nada. Lo mismo cuando llegamos a Glenorchy.

Cuando desde Glenorchy te adentras en las montañas, la carretera te lleva a la zona más al sur del Parque Nacional del Monte Aspiring. Esta zona la llaman “Paradise”, suponemos que porque en un día soleado puede parecerse al paraíso. Al menos, al paraíso según los kiwis: montañas, un río, y ovejas. Para nosotros no fue más que llanuras con ovejas, porque las nubes nos impidieron ver nada más.

Dormimos en una zona habilitada del DOC, y por suerte al día siguiente pudimos disfrutar de una bonita excursión por el Great Walk Routerburn.

Tras la excursión, volvimos a la ciudad. La carretera bordeando el lago Wakatipu volvimos a hacerla nublada, pero al llegar a la ciudad se despejó y pudimos disfrutar de ver Queenstown soleado.

Sin duda Queenstown está en un entorno precioso, y debe ser muy agradable vivir aquí, y despertarse todos los días rodeado de estas montañas, pero no me disgustaría nada que antes de instalarme alguien consiguiera retirar unos cuantos cientos de turistas de las calles. Puede parecer el sitio perfecto para vivir para gente como nosotros, amantes de las montañas y de los cientos de deportes que se pueden practicar en este entorno. Pero esta ciudad nos transmite la sensación de que se tiene que ser rico para llevar a cabo esas pasiones. Parapente, skydiving, rafting, skii, mountain bike… Todo es extremadamente caro. Venden la ciudad como el sitio donde no te puedes aburrir. Puede que eso sea así, si vienes con una billetera abultada.

Circuito de BTT dentro del bosque de la colina donde sube la Góndola

Tirolinas en medio del bosque

El último día que pasamos en la ciudad disfrutamos de un paseo por sus calles, comimos una de las famosas hamburguesas que todo el mundo tiene que probar al venir (esto es de las cosas que tiene la fama ganada y es real. ¡Qué buenas están! En eso no nos importó hacer como todos los turistas. Eso si, fuimos un poco antes de la hora de comer y pudimos evitar la larga cola que se forma para pedir), y subimos andando a la colina donde sube la góndola. El paseo es bonito porque va por dentro del bosque, que además está lleno de caminos de un circuito de mountain bike, así que de vez en cuando te pasa por al lado un ciclista bajando a toda velocidad por un camino lleno de saltos y giros pronunciados. También hay tirolinas por en medio de los árboles, largas hasta para hacer que te canses de gritar.

Los cochecitos para tirarse colina abajo

Al llegar arriba, las vistas en un día soleado son preciosas. En la parte alta se encuentra una atracción muy famosas al venir aquí, supongo que entre otras cosas porque parece divertido y no es tan desmesuradamente caro: los cochecitos para ir colina abajo. La verdad es que al verlos, nos entraron ganas de probar, pero al final no quisimos gastar ese dinero.

Mira que les gustan este tipo de señales en este país. Será que como están tan lejos de todo, tienen que dejar constancia de cuánto de lejos.

Y al final nos despedimos de esta zona de la isla sur volviendo hacia el norte por la carretera que sube al pueblo de Cardrona, también en medio de las montañas y con un camino precioso. El último vistazo al valle de Queenstown nos dejó la estampa de otro lago con reflejos: el lago Hayes. Con razón en este país salen fotos de postal: el paisaje da para ello.

Nuestra conclusión después de esta visita es que, aunque la ciudad está en un entorno precioso, la fama y publicidad que se le da es excesiva, con lo cual te encuentras turistas hasta debajo de las piedras. Falta esencia neozelandesa en un país donde las ciudades son tranquilas y sin sobrepoblación. Y no es que tenga algo en contra de los turistas asiáticos, pero parece que están todos aquí. Vamos, que puestos a vivir en un pueblo de montaña con entorno precioso, me quedo con Benasque o Viella, no hace falta venirse a las antípodas.

ByR

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