En los alrededores del Parque Nacional del Monte Cook

26 de Abril al 1 de Mayo de 2015

Dejábamos atrás Queenstown y Wanaka con un único pensamiento en nuestras mentes: acercarnos ya al Monte Cook. Iba a ser nuestra última etapa de esta primera vuelta por la isla sur, y nos moríamos de ganas de llegar.

El mal tiempo nos había acompañado en nuestra visita final a Wanaka; nos habíamos quedado con las ganas de hacer algo en la zona del Parque del Monte Aspiring, así que nos fuimos hacia el Cook con la ilusión de pisar terreno montañoso. Pero parece ser que las nubes se engancharon a la Huevona cuando salimos de Wanaka, porque llegamos al pueblo de Twizel con la lluvia persiguiéndonos.

Pasamos los primeros días muertos de aburrimiento deseando tener una varita mágica y enviar las nubes a España. Llegamos un domingo, con lo cual no había ni posibilidad de biblioteca para matar las horas. Por suerte, en el pueblo de Twizel había una lavandería, y como era una tarea pendiente, decidimos aprovechar un rato. Pusimos la lavadora, y mirando por la ventana el agua caer, descubrimos que había enchufes y una mesa dentro de la sala de lavadoras. Como adictos que necesitan su dosis, nos abalanzamos al enchufe y sacamos todos nuestros aparatos: al menos haremos algo mientras esperamos. No había wifi, pero no importó: arreglar fotos, elegir las del 365días, escribir algún post… Cuando hay enchufe, un día de lluvia no parece tan malo.

El problema fue cuando al día siguiente nada había cambiado. Seguía lloviendo, y aunque subimos al pueblo de Mount Cook, a ver si había suerte y despejaba, sólo nos dio para ver un rato el centro de visitantes y disfrutar de alguna de las maravillosas instalaciones públicas de este país. Pudimos comer cómodos en un cobertizo cerrado y nos dimos una rica ducha de agua caliente. Por 2$ tienes 5 minutos de ducha, y si encima tienes la suerte de que el aparato de contar los minutos está estropeado, quizá te encuentras con que cuando has terminado de ducharte y pasas el último minuto disfrutando del agua, resulta que ese minuto nunca pasa, y acabas disfrutando de una ducha de casi 20. Al final la apagas tu porque te sabe mal (eso sí, vuelves a encenderla unos segundos después para comprobar si sigue habiendo agua caliente)

Después de pasar dos días con el cielo gris y lloviendo, y encima viendo que la previsión era de que hasta dentro de un par de días no mejoraba, tuvimos que tomar una decisión. Queríamos esperar a que mejorara el tiempo porque no queríamos irnos de allí sin ver el Cook, pero nuestros ordenadores y móviles estaban sin batería y no sabíamos cómo matar el tiempo. Mirando las posibilidades de bibliotecas en los alrededores, llegamos a la conclusión de que nos valía la pena recorrer 100 kilómetros hasta el pueblo de Fairlie para pasar estos días haciendo algo que no fuera lamentarnos.

Rober cantándole al cielo para que las nubes se marcharan

El lago Pukaki en un momento que salió el sol. ¡El color del agua de este lago es impresionante!

Fue una buena decisión, porque pudimos pasar un par de días de ordenador, que bien nos hacía falta. Además, acabamos en una biblioteca de las que nos gusta: tranquila, en un pueblo pequeño, con wifi gratis y enchufes, y con gente encantadora que no te mira mal porque te estás “aprovechando”. Los mochileros no suelen parar por aquí, y la gente no está quemada.

Dormimos en una zona gratuita al lado de un lago casi seco. En teoría sólo estaba permitido para vehículos self-container, pero decidimos arriesgarnos, y ningún vecino que pasó por allí nos puso mala cara ni nos dijo nada. Eso sí, a la mañana siguiente tuvimos que dedicar las primeras horas de la mañana a una lucha frenética: por la noche algo nos había despertado varias veces; era un ruido extraño por debajo de la cama. No sabíamos muy bien qué era pero se movía, y a ratos hacía sonar algún plástico. Cuando nos dimos cuenta no supimos cómo reaccionar. Parecía que un ratón se lo había pasado pipa por nuestros cajones y se había puesto las botas a base de pasta y galletas. Vaciamos la furgo ENTERA. Sacamos trastos, cojines, ropa… pero no lo vimos y dimos por hecho que se habría marchado.

Luchando contra nuestro pequeño inquilino

Después de esos dos días de biblioteca, la previsión ya parecía que mejoraba, y pusimos rumbo de nuevo hacia los lagos, para dormir a orillas del Pukaki y despertar con el Cook vigilándonos. Además, volvíamos a coincidir con Alex, Ana y sus padres, y el plan sonaba genial.

El lago Tekapo al atardecer, antes de llegar al Pukaki

Esa noche estuvo despejada y vimos las estrellas. Y con los últimos rallos del sol adivinamos la silueta de la montaña. Y tras compartir con Ana y Alex una larga charla contándonos los últimos días, nos fuimos a dormir deseando tener un buen día mañana.

Y por fin tuvimos un día espléndido. Pusimos rumbo al pueblo de Mount Cook, pero la carretera se nos hizo eterna: cada pocos metros tuvimos que parar a hacer alguna foto. No nos podíamos resistir. Aquel montañón nos pedía a gritos una foto más.

Al acercarnos al pueblo, nos dimos cuenta de que el Mount Cook no era lo único que podía acaparar miradas. Todo el circo de alrededor estaba plagado de glaciares colgados, picos escarpados, lagos glaciares… Un espectáculo.

Ese día decidimos disfrutar de un par de paseos muy sencillos que hay por la zona: el camino de pocos minutos que te acerca a los pies del Tasman Lake, donde desemboca el glaciar de Tasman, y la caminata de un par de horas de duración por el Hooker Valley. Fue un día para disfrutar.

Tasman Lake

Tasman Lake

El paseo por el Hooker Valley es un camino muy marcado y muy fácil que te lleva por el fondo del valle, cruzando varias veces el río, y que te deja a los pies del lado con el mismo nombre para que te sientas pequeñito bajo la inmensa mole de la pared sur del monte Cook/Aoraki.

El Monte Shefton también impone

Llegada al lago Hooker y primera impresión de la pared sur del Mount Cook

Pasamos casi dos horas contemplando el paisaje. Con el buen día que hacía y sintiéndonos tan bien acompañados, nos costó mucho decidir volver al coche.

Al volver al pueblo, pasamos de nuevo por el centro de visitantes, hecho con mucho encanto y lleno de cosas antiguos que nos hacían pensar en cómo debía de ser hacer montaña hace 100 años con ese equipamiento. Además, una sección del centro está dedicada a todas las personas que han fallecido subiendo o intentando subir el Cook, lo que demuestra que no está al alcance de cualquiera.

¡Qué frío pasaría yo con esas botas!

Recreación de un antiguo refugio de montaña

Al final tuvimos un día perfecto, disfrutamos de ver las montañas y de la buena compañía, y nos fuimos a dormir al lado del pueblo, en un campsite del DOC, para descansar bien e intentar hacer al día siguiente una excursión. ¡Qué gusto estar en la montaña con buen tiempo!

ByR

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