Segundo trabajo en Nueva Zelanda: Motueka y packhouse de kiwifruit

4 de Mayo al 2 de Junio de 2015

Después de pasar un mes recorriendo una parte de la isla sur y empezando a disfrutar de estar cerca de las montañas de los Alpes, tocaba pasar a una nueva etapa: volver a trabajar. Hacía muy poco que habíamos dejado la orchard en Hastings, pero había que cuadrar muchas cosas en el calendario para los próximos meses, y para poder trabajar los 6 meses que se nos permite dentro del año de estancia en el país, los próximos dos meses tocaba trabajar. Viendo las opciones que había en la isla sur, decidimos probar suerte en la zona de Nelson, al norte de la isla, donde hay muchas orchards, packhouses y trabajo en el campo. Dejábamos atrás la zona del Monte Cook, nuestra última visita por la isla, y tras un par de días de kilómetros y carretera, nos plantamos en Nelson dispuestos a ser los más rápidos del oeste en encontrar un nuevo trabajo; confiábamos en que no nos pasara como la vez anterior que intentamos buscar trabajo cuando tardamos casi un mes. Habíamos aprendido varias lecciones en aquella experiencia y esperábamos no repetir errores.

Nos hicimos una lista de las packhouses de la zona entre Nelson y Motueka, y nos fuimos a llamar puerta por puerta. Era lunes 4 de Mayo, y teníamos la esperanza de encontrar algo rápido para pasar los próximos dos meses trabajando.

Varias de las packhouses por donde preguntamos nos dieron el papel para rellenar con nuestros datos, y así llamarnos si había algún hueco para nosotros. Otras directamente dijeron que no, pero no desesperamos; era el primer día. Debimos preguntar en 8 o 10 sitios, y al llegar a la última empresa de la lista, en la entrada había un gran cartel que ponía: no se necesita staff. Nos quedamos en la puerta pensando qué hacer ahora, puesto que habíamos agotado las opciones de este primer intento. Podemos ir a mirar en internet, volver a preguntar en un par de días… Pensando en ello, a Rober se le ocurrió entrar a preguntar en aquella packhouse aunque tuviera el cartel en la puerta; dicen que en este país se lleva mucho lo de ser pesados… Al cabo de unos minutos volvió corriendo: “coje todos los papeles y los pasaportes, tenemos trabajo!”

Resultó que ese mismo día, la jefa de personal había estado analizando cómo andaban de gente para la campaña de empaquetado de kiwis que empezaba en unos días, y llegó a la conclusión de que necesitaría más personal. Nos preguntó algunas cosas y nos contó que empezaríamos el viernes y que habría trabajo para unas 3 semanas. Buscábamos algo para dos meses, pero nos pareció genial la oferta. También nos ofrecieron alojamiento, que aceptamos encantados: una caravana retro a muy buen precio y con una estufita para dormir calentitos.

Teníamos todo lo que necesitábamos en nuestra mini casa

Empezaba nuestra segunda experiencia trabajando y cada uno llegó a una conclusión diferente. Rober enseguida le puso la etiqueta de “el trabajo más aburrido que haya hecho nunca”, mientras que a mi no me disgustó: ponerme la música y ver pasar las horas y los kiwis mientras me pagan, no me cansó en absoluto, y además puedo enviar mi mente a lugares lejanos y planear futuros proyectos e ideas. Eso no significa que no me resultara aburrido, pero todo hay que decir que mientras Rober hacía siempre lo mismo (cerrar cajas), yo podía variar un poco. Había días en los que lo único que hacía era revisar los kiwis que la máquina ponía en la caja, para que ninguno con defectos fuera empaquetado (eso era aburrido). Pero otras veces me ponía en líneas donde los kiwis debían ir colocados en bandejas de plástico, de tal manera que suponía todo un desafío ir a la misma velocidad a la que la máquina expulsaba kiwis, porque si no se te acumulaban las bandejas y los kiwis nunca paraban de salir.

Las bandejas de plástico con las que tenía que ser más rápida que la máquina si no quería estar en problemas

En algunos momentos de aburrimiento nos daba la vena creativa

Fueron tres semanas en las que el trabajo no tuvo nada digno de mención, a parte de ver pasar por nuestros ojos miles de kiwis y cajas de cartón. Algún día hubo algún rato divertido que rompió la monotonía, como cuando había que parar la máquina porque algo se atascaba, o porque iba tan rápido que los que estaban en las bandejas de plástico no daban a basto y había que parar todo el proceso para que pudieran ponerse otra vez al ritmo. Cuando estábamos en alguna de las líneas lentas y aburridas, nos gustaba observar cómo se movía todo y la sincronía entre la máquina y todo el proceso humano que había detrás. Desde que las bins llegan llenas de kiwis recogidos, empieza un proceso milimetrado hasta que salen metidos en cajas de cartón apiladas en palets listos para salir al mercado. La packhouse era un hervidero de actividad durante las 8 horas de trabajo que duraba la jornada, y acababas haciéndote al ruido constante de la máquina que no necesitaba descanso.

Empaquetamos Kiwifruit Sungold y Kiwifruit Green

Todo el proceso estaba medido, y en la packhouse, hasta en las cortinas había kiwis

De esas tres semanas, más que la experiencia de trabajo, nos llevamos las horas fuera de la packhouse. Al viajar en pareja y en furgo, nuestra vida en Nueva Zelanda no está siendo muy sociable. Pero durante el tiempo que estuvimos trabajando en Motueka, hicimos más cosas que en muchos de los demás meses.

Vivíamos al lado de un bloque de frutales de la empresa, donde había 8 caravanas como la nuestra. La cocina era común para todos, y siempre estaba llena de gente cocinando ricos manjares. Muchos de nuestros compañeros eran afines a cocinar todos juntos, así que tuvimos noches de comida típica argentina, francesa, alemana, italiana…

Noche de comida argentina, con empanadas y mucha carne

La cocina común, siempre llena de gente

También hubo un domingo en el que se organizó un partido de futbol internacional, en el que también se unieron algunos de nuestros compañeros chinos, malayos, taiwaneses…

Y no pudo faltar la visita al mercado de los fines de semana, con mucha gente y muchos puestos de comida y artesanías. A diferencia de muchos de los que hemos visto por el país, en el de Motueka había muchos más puestos de cosas de segunda mano. Hasta los niños pequeños venían a poner a la venta juguetes viejos para poder comprarse otros.

Y para acabar la temporada de fruta en la empresa (al acabar con los kiwis, la temporada terminaba; era la última fruta que se recogía y empaquetaba), los dueños de la empresa prepararon una gran barbacoa para todos los empleados. El último día de trabajo arreglaron una zona del parking a la salida de la packhouse para que estuviéramos cómodos. Apilaron un montón de bins  para proteger la zona del frío, pusieron dos hogueras en el centro, y repartieron cerveza y otras bebidas para todos. Un par de días antes, los jefes habían salido a cazar y trajeron cuatro jabalís salvajes que cocinaron durante toda la mañana a la brasa.

Las dos hogueras le dieron un aspecto diferente a la fiesta

Jabalí a la brasa troceado por manos expertas

Rober rememoró sus horas en el Carvery del restaurante donde trabajamos en Londres, y repartió la carne a quien se acercó. Estos kiwis, a pesar de lo que les gustan las barbacoas, no supieron prestarle la suficiente atención, con lo que se torró un poco por fuera (para mosqueo de nuestros compañeros argentinos). Pero de todas formas estaba delicioso. La cerveza no dejó de salir durante toda la noche, y hubo música hasta altas horas. Fue toda una experiencia ir a una cena de empresa tan informal, en la que todo el mundo iba con gumboots, pantalones rotos o ropa de campo, y al lado nuestro se emborrachaban los dueños de la empresa, los managers y todos los trabajadores de a pie con los que habíamos compartido horas rodeados de kiwis.

ByR

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