De Christchurch a Dunedin en motorhome

Del 30 de Junio al 3 de Julio de 2015

Desde hacía muchos meses, el mes de julio estaba marcado en el calendario. El invierno no es el mejor momento para viajar por Nueva Zelanda, pero adaptándonos a las circunstancias, decidimos disfrutarlo; algo bueno tenía que haber en viajar en esta temporada del año. Además, las condiciones sonaban genial: mis padres habían decidido pasar sus vacaciones con nosotros, cambiar el verano de Europa por el crudo invierno neozelandés. Pasaríamos un mes recorriendo la isla sur y cambiaríamos vivir en la Huevona por hacerlo en una enorme autocaravana. Conclusión: con buena ropa para sobrevivir al frío, no sonaba tan mal.

¡No está mal como casa con ruedas!

El 30 de Junio llegamos al aeropuerto de Christchurch a esperarles. Salieron por la puerta con cara de zombi: el viaje de más de 30 horas para ir a la otra parte del mundo no es fácil para nadie. Después de un año y medio sin vernos, nos reuníamos en las antípodas.

Primer destino del día: recoger nuestra casa con ruedas para este mes. Sabíamos por las fotos de la web que era grande, pero al recogerla enseguida quisimos cambiarla por la Huevona; aquí viviríamos mucho mejor! ¡Tenía hasta horno!

Después de acomodarnos y pasar la primera noche haciéndonos a los entresijos de un bicho tan grande, pusimos rumbo al sur. Nosotros ya estamos hechos a las carreteras de este país, pero al venir alguien de fuera, fue bastante obvio que aquí no se puede calcular dónde llegar en el día cómo lo haríamos en Europa. Las distancias son diferentes, y mis padres se dieron cuenta ese primer día. Pasamos muchas horas en la carretera y llegamos casi al atardecer a nuestro primer punto en el mapa: Los Moeraki Boulders.

Al menos acertamos con la marea y pudimos verlos en todo su esplendor. Además, la luz del atardecer le dio cierto encanto al sitio. Paseando por esa playa sientes que has aterrizado en otro planeta, y solo haces que preguntarte cómo habrán llegado esas bolas de roca maciza a la playa.

Tras esa noche, con un poco menos de jetlag y algo más adaptados a las temperaturas, mis padres empezaron a disfrutar de algunas maravillas del país. Amanecimos al lado de una playa helada, y su sorpresa con el aspecto que tenía con la marea baja nos hizo mirarla con nuevos ojos. Tras ese paseo, partimos a Dunedin, ciudad que a nosotros nos apetecía mucho.

Vuelta a pelear con conducir por dentro de una ciudad con aquel trasto enorme, y después de varias vueltas, aparcamos y nos dispusimos a pasear. La ciudad tiene mucho encanto y realmente invita a pasear y perderse por sus calles. Al final se convirtió en una de nuestras ciudades favoritas del país. Mucho arte callejero, varias tiendas de segunda mano en las que te pierdes por sus pasillos viendo mil cosas que no sabes para qué sirven (o quién las comprará) y ambiente universitario.

Libros de viejo… Menos mal que mi padre tenía la limitación del peso de la maleta, que si no salimos de allí bien cargados. ¡Estaba llena de joyas esta librería!

Arte callejero, cabinas de wifi con encanto, edificios art decó…

La estación de tren de Dunedin dicen que es de los edificios más fotografiados del país. Sin duda tiene su encanto y es fácil perderse haciendo fotos dentro y fuera de ella.

Esperar el tren ahí sentado es como sentirse dentro de una peli

Pero sin duda, una de las cosas que más nos gustó fue el Otago Settlers Museum. Situado cerca de la estación de trenes, es gratis y está lleno de reliquias. Cuenta la historia de los primeros pobladores de la región de Otago, y puedes pasarte horas viendo las diferentes exposiciones sin aburrirte.

Después de pasar toda la tarde dentro del museo, nos fuimos hacia la península de Otago, otro must de la zona. Pero, por falta de preparación, llegamos también al atardecer, con lo que no pudimos acercarnos a la zona donde se pueden ver pingüinos; nos quedamos con las ganas de recorrer esta zona.

Nuestro plan era seguir hacia el sur, pero aun hicimos otra parada en la ciudad para ver otra de las cosas imprescindibles de la zona: visitar la calle residencial más empinada del mundo. Sólo tuvimos un fallo: con el miedo de andar dando vueltas con la autocaravana y no poder aparcar, fuimos a lo seguro y la dejamos en el parking del supermercado. Queríamos pasar también por la universidad, y al final andamos un montón y volvimos a cruzarnos la ciudad casi entera. Aún así nos encantó como primera parada del viaje y tenemos claro que nosotros volveremos a pasar por la zona.

Uno de los edificios de la universidad de Otago

La calle más empinada del mundo

ByR

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