Vacaciones en Tonga, en mitad del Océano Pacífico

25 al 28 de Julio de 2015

Dicen los viajeros experimentados que no hay mejor lección de geografía que viajar…

En la lejanía de las antípodas, las islas del Océano Pacífico sólo parecen minúsculos puntitos en el mapa, y los nombres hasta nos parecen difíciles de pronunciar.

Pero cuando te acercas a ellas, la cosa cambia. Estando en Nueva Zelanda, la cultura te parece más cercana al relacionarte con los Maorís o emigrantes del Pacífico, y nombres como Tonga, Samoa, Polinesia, Islas Cook, Vanuatu… ya se hacen más normales en las charlas cotidianas.

En nuestro primer trabajo tuvimos la suerte de compartir muchas horas con un grupo de chicos de Vanuatu, y las ganas de conocer más a fondo su cultura nos invadieron. Al acabar la experiencia en RJ Flowers, nos despedimos de ellos con un hasta luego, prometiendo que iríamos a mitad de año a visitarles. Su país acababa de sufrir una de sus peores catástrofes naturales con el tifón Pam, y nos gustaba la idea de ir a su país a ayudar y conocerles un poco más.

Unos meses después, mirando en el calendario las fechas del posible viaje y precios de los vuelos, nos dimos cuenta que ir a Vanuatu era un desembolso grande de dinero, puesto que está más cerca de Australia que de Nueva Zelanda (lo que encarece el vuelo). Además, buscando información, nos dimos cuenta de que, en cuestión de precios, la cosa se parecía más al país kiwi que al sudeste asiático. Conclusión: teníamos muchas ganas de conocer algún país del Pacífico, pero debíamos mirar bien qué opciones había que nos quisiéramos permitir. Los precios de los vuelos eran más asequibles si te acercabas a Samoa, Tonga o Fiji, así que cerramos nuestro cerco a esos tres.

Fiji es la más turística y conocida, y entre Samoa y Tonga, al final decidimos decantarnos por Tonga por varias razones: el billete era un poquito más barato por estar más cerca, nuestros amigos de Buscando Un Viaje habían estado hacía poco y les había encantado, y además se decía que era el único país en el que se permitía nadar con ballenas, y eso nos llamaba muchísimo la atención.

¡Decisión tomada! Y para no tener días muertos sin saber qué hacer, decidimos comprar los billetes de avión para un día después de que los padres de Berta se marcharan de su viaje con nosotros. Durante ese tiempo habíamos dejado a La Huevona aparcada en el parking del aeropuerto, y nos salía más barato que estuviera allí dentro el tiempo de los dos viajes, que si la sacábamos y luego volvíamos a aparcarla.

Así que el día 23 de Julio nos despedimos de mis padres en el aeropuerto de Christchurch después de casi un mes viajando por la isla sur con el motorhome. ¿Y que íbamos a hacer mientras esperábamos a que fuera la hora de nuestro vuelo a Tonga? Pues como ya habíamos descubierto que en el aeropuerto había todos los servicios que podíamos necesitar (ducha, baños, wifi, enchufes…), decidimos pasar allí el día de espera. Podíamos acceder al parking sin problemas, y con tal de no mover a La Huevona de donde estaba aparcada… Así que pasamos un día y medio en el aeropuerto, volviendo al parking a dormir en La Huevona.

Y el día 25 de Julio nos embarcamos en el vuelo hacia Tonga, dispuestos a torrarnos de calor al sol durante unos días y relajarnos en la playa el mayor tiempo posible.

El Ruapehu y el Tongariro desde el cielo

Aterrizamos en las Friendly Islands ya de noche, y una vez pasado por inmigración y recogido las maletas, decidimos empezar la aventura así, sin más: cualquier autoestopista experimentado te dirá que probar de noche es muy difícil, pero nosotros ni nos lo pensamos. “A ver qué pasa”, pensamos. Aún no nos habíamos colocado en posición debajo de una farola, que ya estaba parando un coche. Una chica japonesa con la que habíamos intercambiado dos frases en la cola de inmigración, le gritó entusiasmada a su compañero australiano con el que iba en el coche: My friends! Y este paró el coche. Resultó ser una pareja de lo más curiosa. Él, australiano que vivía en Tonga desde hacía varios años, trabajaba para el gobierno grabando vídeos en fomento de la salud. Ella, japonesa que había hecho una estancia de voluntariado en Tonga hacía un tiempo, y que ahora trabajaba en Tailandia, había venido de vacaciones a visitar un país que adoraba y donde estaba su pareja. Deseábamos conocer cómo era la vida de los tonganos, pero nunca nos habíamos imaginado lo interesante que podía ser conocer la vida de los Palangi en el país (así es como nos llaman a los blancos).

Nos dejaron en la puerta del hostal que teníamos reservado, y se despidieron de nosotros deseando que nos volviéramos a ver algún día de estos.

Para los dos primeros días en Nukualofa, habíamos “reservado” un hostal en el centro de la ciudad. Lo escribo entre comillas porque toda la reserva había sido un email diciendo el día que llegábamos. Tonga es un país todavía muy verde en cuanto al turismo, con lo que las opciones son pocas y todo funciona de manera algo rústica.

Al llegar al lugar, nos encontramos una casa particular donde habían arreglado una zona al otro lado del patio interior con una habitación para 6-8 personas, un baño y una cocina muy básica. Nuestros temores no se confirmaron, y nos estaban esperando. En la misma habitación estaban alojados un italiano, una pareja de ingleses y otro chico muy poco comunicativo. A los pocos minutos de llegar e instalarnos, empezamos a hablar con los ingleses. Llevaban diez días en el país, habían estado en la isla de ‘Eua y tenían planeado salir para Ha’pai en un par de días, cuando el ferry zarpara. Su plan era parecido al nuestro cuando llegaron al país (empezar yendo a Ha’pai), pero se liaron con los horarios del ferry y lo perdieron, así que tuvieron que ir antes a ‘Eua. En ese rato de charla nos contaron consejos para visitar el país y experiencias que habían tenido. Por ahora la bienvenida al país nos estaba gustando, aunque no hubiera tenido que ver con ningún tongano, sino más bien con gente extranjera.

Al día siguiente nos levantamos con una única idea en mente: era domingo y en Tonga, los domingos significan no hacer nada. El descanso es obligatorio, nadie trabaja, los transportes están parados, está prohibido hacer cualquier actividad, y los tonganos sólo tienen una preocupación: ir a misa y comer con la familia. ¿Entonces qué se puede hacer un domingo en Tonga? Pues hacer como ellos: ir a misa y comer. Y es que, aunque no seas religioso, es todo un acontecimiento. Se dice que las mejores voces cantoras del mundo están en el Pacífico, y en misa sacan su arte a relucir.

Tom y Danni, los chicos ingleses que estaban con nosotros en el hostal, nos propusieron buscar alguna iglesia alrededor e ir a disfrutar de lo que todo el mundo aconsejaba. Llegamos a la catedral, enfrente de las tumbas reales, y nos sentamos en un banco de la iglesia. Todo el mundo que entraba nos miraba y nos sonreía, y al cabo de un rato empezó la misa. El cura hablando en tongano con tono apocalíptico nos transmitió poco, pero cuando se dispusieron a cantar, se nos puso la piel de gallina. El eco que nos devolvían las paredes nos erizó todo, y nos dimos cuenta de que efectivamente valía la pena entrar y disfrutar.

Vimos la misa completa, y cada canción nos dejó más sorprendidos. Al acabar, varias mujeres se nos acercaron y nos ofrecieron ir a saludar al sacerdote. No supimos decir que no y allí que fuimos. Al final le dimos la mano al sacerdote y a otra docena de personas que estaban allí en fila recibiendo el saludo de todo el que se quería acercar, no sabemos muy bien por qué.

Salimos pensando que después de tanto tiempo sin pisar una iglesia, no había estado nada mal la experiencia. Tanto fue así, que paseando por la calle vimos otra y fuimos a asomarnos. Esta segunda iglesia nos resultó mucho más parecida a lo que nosotros conocíamos por una misa, puesto que la anterior al parecer había sido en una iglesia protestante (creo). En esta también cantaban, también nos sonreían al vernos, y también nos propusieron saludar al sacerdote al acabar.

Después de esta segunda experiencia, nos separamos de Tom y Danni, y nos fuimos al hostal. Cuando ellos volvieron al cabo de un rato, nos contaron que aún habían entrado en otra iglesia y se habían encontrado el espectáculo que todos hemos visto alguna vez en las películas de misas góspel, con gente cantando pletórica de alegría, gritando ¡Aleluya! y bailando. Lástima que nos lo perdimos.

Hecho el plan del día, nos quedamos con la duda de qué hacer el resto del tiempo, cuando una nueva sorpresa se presentó: los chicos que nos habían recogido en el aeropuerto se presentaron en el hostal a preguntarnos si nos apuntábamos a pasar el día con ellos en una playa escondida. Aceptamos sin dudar. Junto al australiano y la japonesa vino otra chica australiana que estaba haciendo un voluntariado en la escuela, y nos fuimos con el coche hacia el sur de la isla.

Después de echar un vistazo a un arco de piedra natural en los acantilados, bajamos por un camino secreto entre los árboles y terminamos en una playa de arena blanca escondida entre las paredes de coral.

La playa “secreta”

No resultó ser del todo secreta porque había más gente, pero todos los que nos encontramos allí eran Palangis. En Tonga los domingos está prohibido hasta bañarse en el mar o beber cerveza, así que los que no son religiosos buscan algún sitio apartado de la ciudad para poder pasar el día sin morir de aburrimiento.

Pasamos el resto del día allí, tumbados al sol hablando o comiendo. No nos metimos en el agua porque estaba fría y no hacía un calor de morirse, pero fue un rato agradable y seguimos aprendiendo sobre la vida en Tonga, y el punto de vista de los occidentales que viven aquí, que sobre todo se desesperan con la calma con la que viven los tonganos. No saben lo que es el estrés, sólo piensan en comer o relajarse y hay pocas cosas que les preocupen más que estar listos para el domingo. El chico australiano, que trabaja colaborando con el gobierno en el fomento de la salud, nos contaba que se desesperan porque los tonganos, por no preocuparse, no se preocupan ni por la salud. Son tan religiosos que no piensan en cuidarse, con lo cual entre la obesidad y la falta de actividad física, los índices de diabetes y problemas cardiovasculares son de los mayores del mundo.

“Camina para mejorar tu salud” Ministerio de Sanidad

El día siguiente fue un día más activo; teníamos que organizar muchas cosas para los próximos días. Ir al puerto para informarnos de los horarios de los ferrys, a la oficina de Real Tonga para ver las opciones de los vuelos, a informacion turística para buscar los alojamientos…

Nos informaron de que esa semana sí que saldría el ferry hacia Ha’pai y Va’vau, así que compramos el billete para el día siguiente (martes) por la tarde; nos pasaríamos toda la noche navegando, 12 horas más o menos, para llegar al día siguiente por la mañana a Ha’pai. Sabíamos que sería una noche larga, pero nos apetecía ver cómo se movían los tonganos, que rara vez usan el avión.

Luego nos acercamos a las oficinas de Real Tonga: la vuelta a Tongatapu no la queríamos arriesgar, así que nos habíamos decantado por el avión, que aunque era más caro, teníamos más seguridad de que habría disponibilidad, y además, sobrevolar las islas de coral también podía ser muy bonito.

Una vez hechas las gestiones, nos dedicamos a pasear por la ciudad y observar el ajetreo de las calles.

El puerto de Tongatapu

Niños de uniforme saliendo del cole

¿Y qué podíamos hacer mientras esperábamos a que el barco saliera al día siguiente? Pues intentar conocer un poco más la capital y la vida tongana. Y nada mejor para eso que callejear y visitar el mercado. De esta manera podíamos cargar provisiones para los días en Ha’pai, ya que al parecer, los restaurantes brillan por su ausencia, y las pocas tiendas que te puedes encontrar en el grupo de islas al que íbamos era las regentadas por los chinos donde encontraríamos poco más que galletas, noodles instantáneos o atún en lata.

Artesanías en el mercado

La zona de frutas y verderas del mercado

ByR

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