Islas deshabitadas rodeadas de ballenas: Uoleva, Pangai y Foa

28 de Julio al 5 de Agosto de 2015

Después de pasar un día más de lo previsto en Tongatapu, cogimos el ferry desde la capital tongana con destino a Lifuka. Lifuka es la isla principal de Ha’apai, el grupo de islas que se encuentra a unos 170km al norte de Nukualofa. Se dice que en esta parte del país se encuentran playas preciosas, casi deshabitadas, donde el turismo pasa de largo y la gente local vive a sus anchas, subsistiendo básicamente de la agricultura, ganadería y de los ingresos que reciben de sus familiares que trabajan en el extranjero. Además, en esta época del año, Tonga cuenta con la estimable visita de las ballenas jorobadas que vienen a estas aguas del Pacífico a dar nacimiento a sus nuevos bebés. Todo sonaba a cuento desde el día que compramos los billetes del ferry, y solo teníamos ganas de llegar a esta parte del mundo para verlo con nuestros propios ojos.

Mandioka, recurso importante para la gente de Tonga

Jóvenes moviendo a las vacas de pasto

Sala de espera en el puerto antes de embarcar

Un ferry blanco y rojo, con cuatro plantas, nos esperaba en el puerto a nosotros y a cientos de tonganos que se abarrotaban en la puerta para poder entrar de los primeros y coger buen sitio. No era para menos, pues el viaje iba a durar 12 horas para los que íbamos hasta Ha’apai y 24 horas para los que iban hasta Vava’u.

En el barco cargaron multitud de materiales para la construcción, depósitos de agua, coches, barriles… Todo estaba calculado al milímetro para que no hubiera ni un metro cuadrado vacío, y ya con todo atado y listo, zarpamos hacia el norte… La gente llevaba consigo todo tipo de esterillas, mantas, almohadas y hasta colchones para poder acomodarse en la cubierta del barco y pasar la noche. Durante la travesía, hubo algún rato en el que un hombre nos dejó un hueco en su esterilla y nos dejó usar una esquina de su manta para poder dormir (o por lo menos intentarlo).

Todo el mundo intentando subir al barco cuanto antes

Cargando el barco hasta su capacidad máxima

Nada más subir, lo primero es encontrar el mejor lugar para pasar la noche

A la mañana siguiente llegamos a Pangai y allí nos estaba esperando la hija de Kalafi, el dueño del “resort” donde nos íbamos a alojar en Uoleva. Nos subimos en la furgoneta y en menos de lo esperado ya estábamos a bordo de un pequeño bote que nos llevó hasta la isla de al lado. Se podría decir que Uoleva es una isla deshabitada, donde solo existen 4 resorts en sus 10km de costa. Aquí el turismo masivo no ha llegado (y que así continúe) y el resort dónde nos alojamos está dirigido por un matrimonio local que ha construido sus fales ya tres veces consecutivas después de que varios ciclones se los llevara por delante. El lugar es de ensueño: casitas de bambú delante de una playa de arena blanca con agua cristalina, palmeras por todas partes y un ambiente que invita a la relajación. Por un momento nos sentimos protagonistas de una serie de ficción…

Recién llegados a Uoleva

Nuestro fale

Coco de bienvenida

Kilómetros de costa dónde solo hay palmeras y vegetación

Papayas al alcance de la mano

Fuego de bienvenida

Al día siguiente, en aquella isla paradisíaca, tuve el privilegio de celebrar mi 30 cumpleaños, y la excursión para intentar ver a las ballenas y nadar con ellas era el mejor plan para un día tan especial.

Nos levantamos con el cielo medio encapotado y durante el desayuno, se acercaron Tom y Danni, la pareja de ingleses que habíamos conocido en Tongatapu, y que me regalaron un colgante que representaba a las ballenas que veríamos al día siguiente… Mi sorpresa fue cuando, mirando al infinito, pude ver como dos ballenas lanzaban aire y saltaban allá a lo lejos. Todos enloquecimos y nos pasamos el día soñando en lo que nos esperaba en la excursión del día siguiente…

Tomando el café y allá a lo lejos empiezan a saltar un par de ballenas

Pasando la tarde jugando al ping pong

Cae la tarde en Uoleva

Cena de 30 cumpleaños. Qué lugar tan especial…

Nos levantamos con mucha emoción para empezar la excursión de unas seis horas en busca de algún grupo de ballenas que quisieran nadar con nosotros. Al poco tiempo de estar en la barquita, vimos a lo lejos una ballena con su cría. Según nuestro gruía, por el tamaño del bebé y la protección de la madre, el pequeño no debía de tener más de una semana.

Tonga es uno de los pocos países en el mundo en el que se puede nadar con ballenas jorobadas. Son animales super nobles y a la vez enormes, pues un adulto puede llegar a medir hasta 30 metros y pesar 40 toneladas. El bebé, cuando nace, ya pesa 3000kg.

Después de un rato de observarles, el guía nos dio luz verde para saltar al agua y acercarnos a ellas. Pero nada más nos sintieron en el agua, bucearon y se alejaron. volvimos al barco y volvimos a esperar. La cría apareció para respirar y la madre volvió a relajarse con nuestra presencia.

Por otras tres veces intentamos saltar al agua para nadar con ellas, pero volvimos a tener la misma suerte. Fue una pena que no consiguiéramos nadar con ninguna de ellas. Al parecer, el grupo que encontramos era muy joven, y la madre estaba muy protectora. A pesar de ello, pasamos un rato genial, viendo como el pequeño daba sus primeros saltos fuera del agua 0 como su madre salía a la superficie para darle descanso apoyándolo sobre su nariz…

Al acabar la excursión, y sin haber encontrado ninguna otra ballena con la que intentarlo, volvimos a nuestra playa con el ánimo apagado. Fue bastante difícil para todos asimilar la decepción de no haber conseguido aquello que más nos llamaba de venir a Tonga. El guía nos comentó que siempre aconsejan a todo el mundo contar con hacer la excursión dos o tres veces para asegurarse el éxito, pero ninguno de nosotros habíamos planeado en nuestro presupuesto ese desembolso de dinero, y tuvimos que aceptar esa “derrota”. Para nosotros fue como bajarnos de una montaña sin llegar a la cumbre.

La mamá a la derecha y el bebé danzando sobre la nariz de su madre

El resto de días en Uoleva fueron un calco el uno del otro. Dormir, leer, pasear, jugar con los perritos que había por los alrededores y relajarse. El tiempo no dejó que disfrutáramos de la playa tanto como nos hubiera gustado, pues se pasó gran parte del tiempo nublado, con aire y con frío! A pesar de eso, pasamos unos días magníficos, sintiéndonos que no éramos nadie, pues nos encontrábamos en mitad del Pacífico. Pero a pesar del mal tiempo, fue muy interesante compartir esos días con los demás mochileros alojados y con Kalafi y su mujer, que nos enseñaron mucho sobre la vida de los tonganos.

El tiempo no nos dejó disfrutar del baño en el mar

Parte norte de Uoleva. Al fondo se ve Lifuka, la isla principal, y el cielo estuvo así de negro casi todos los días aquí.

Reunidos para beber Kava, una bebida bastante fuerte típica de Tonga. Se dice que es sedante y relajante. Aunque a ellos les encanta, a nosotros nos sabía a tierra.

Kalafi, un gran anfitrión

Los últimos días en ente grupo de islas los pasamos en Pangai, la capital de Likufa, isla principal. Aquí nos hospedamos en una de las dos guesthouses que hay en toda la zona. Algo familiar y con una cocina en la que no tenían gas, subsistimos a base de noodles cocinándolos con un hervidor de agua. Salimos a dar paseos, fotografiamos a mil cerditos paseando por las calles y visitamos la playa que está en Foa, una isla más al norte conectada por un puente. Aquí, al ser islas más remotas si cabe, el paso de los ciclones se hace notar mucho más. Encontramos una ciudad bastante tocada por el paso del temporal, con casas medio derruidas y muchas otras en proceso de construcción.

Cerditos por la calle, algo normal en Pangai

Casas en construcción

Y edificios abandonados

Camino principal de la isla de Foa. Toda limpia por la visita inminente del rey

Sandy Beach, Foa

Matafonua Beach, una lástima que hiciera tanto aire

Los horarios en Tonga no destacan por su puntualidad: el ferry puede que en dos semanas no salga del puerto, o el vuelo que tenías contratado de hace una semana te lo cambien para un día antes. Viendo el panorama, decidimos no correr el riesgo de quedarnos en mitad de la nada sin poder volver a Nueva Zelanda, así que la vuelta a Tongatapu la hicimos en un vuelo doméstico. Esperamos en la terminal hasta que vino la avioneta, donde nos pesaron para distribuirnos cuidadosamente en la aeronave. Filas de tres eran equilibradas con un tongano a nuestra izquierda y nosotros dos en la derecha. El día cinco nos fuimos de Hapai con la obligación de volver para poder disfrutar un poquito más de estas preciosas islas en las que ni el tiempo ni las ballenas, nos dieron ese regalito que tanto deseábamos.

En la pista del aeropuerto

Real Tonga Airlines

¡Hasta la próxima!

 RyB

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