Últimos días en Tonga: visita de la isla de Tongatapu

Del 5 al 7 y 10 y 11 de Agosto de 2015

Después de pasar una semana en las islas de Ha’pai, volvimos un par de días a Nuku’alofa para de allí coger el barco a ‘Eua, y tras unos días en esta isla un poco pasados por agua, hicimos la última parada en la capital antes de subirnos de nuevo al avión y volver a Nueva Zelanda para empezar la última etapa de nuestro viaje por el país kiwi.

En esos días sueltos en la isla principal, pudimos visitar los diferentes lugares de interés que hay por los alrededores de la capital, y darnos cuenta de que Tonga es un país que mantiene su esencia.

La isla de Tongatapu no tiene playas preciosas ni bosques tropicales, pero aún así da para pasar algunos días y poder ver cosas interesantes y que no te esperas. Nos pasó con una de las cosas que te “venden” como imperdible y que de primeras habíamos decidido ignorar…

Teníamos todo el día por delante para andar por la isla, y decidimos empezar yendo hacia la parte oeste. “Sigamos probando cómo se da el autostop por aquí”, pensamos. Y casi en la misma puerta del hostal, después de andar unos metros para alejarnos del centro, unos diplomáticos pararon y se ofrecieron a llevarnos un trozo. Iban a una reunión, y con un inglés bastante decente nos estuvieron preguntando cosas sobre nosotros y qué hacíamos en Tonga. Después de que estos dos señores nos dejaran, una mujer joven con su padre nos acercó otro trozo, y para acabar, llegamos hasta la punta oeste de la isla con un grupo de cinco chicos jóvenes que se sintieron super alegres al ver que habían llevado en su coche a dos Palangis.

En el mapa marcaban aquel punto como el lugar por donde Abel Tasman había llegado a Tonga, y habíamos leído que las vistas eran muy bonitas. Pero al llegar nos quedamos igual… No nos resultó nada del otro mundo, no se muy bien si por le aire que hacía o porque realmente las vistas no eran impresionantes.

“Vamos a acercarnos a las playas de aquí al lado, a ver si están bien” Andamos hasta la primera playa que marcaba el mapa cerca del punto oeste de la isla, y aunque nos encontramos una playa linda , el viento que hacía hizo que no nos animáramos a meternos en el agua: no hacía el calor suficiente para que nos entraran ganas. Comimos algo bajo una palmera y seguimos el camino, pasando por unos árboles enormes que hacían de casa a una colonia de murciélagos tamaño XL.

Un par de coches más nos llevaron hasta otro punto marcado en el mapa: los Blue Holes. No teníamos grandes esperanzas en ello pensando que la gente tiende a hinchar el interés de algo para que parezca que su isla tiene mucho que ver. Pero como decía antes, lo que menos nos llamaba la atención sobre el papel resultó ser lo que más nos sorprendió: muchas islas del Pacífico tienen una formación de coral alrededor de sus costas, que hace una especie de escalón entre la orilla y el fondo del océano. Ya lo habíamos visto en alguna de las playas o acantilados, pero en esta zona de la isla se producía el fenómeno de que las olas, al chocar contra esa pared con fuerza, hacían que el agua saliera disparada por encima del coral y por entre los huecos de la pared.

Fuimos adrede en marea alta, y enseguida nos quedamos embobados mirando las columnas de agua saltar por los aires a unos metros de la orilla. Desde el punto donde estaba el mirador se podía ver una larga distancia de costa, y los géiseres salían disparados por todas partes sin parar. La fuerza del mar te animaba a no dejar de mirar y jugar a adivinar por dónde saldría el agua en el próximo segundo.

Además, mientras andábamos por la costa buscando el mejor sitio para ver el espectáculo y el mejor ángulo para tomar la foto, fuimos descubriendo que el suelo por el que pasábamos era un coral petrificado “recientemente”, con lo cual los restos de plantas marinas, rocas o coral se podían distinguir fácilmente allá donde poníamos los pies.

Salimos de allí con la agradable sensación de haber visto algo que no nos esperábamos, y pusimos rumbo hacia la capital de nuevo, con el último momentazo del día, cuando nos recogieron haciendo dedo dos chicos trabajando de electricistas para el gobierno. Aún tenían que hacer un par de paradas en el camino a la capital, porque trabajaban cortándole la luz a los que no pagaban (o volviéndola a dar a los que volvían a pagar). Nos metieron por en medio de las aldeas, preguntando dónde estaba la casa de uno u otro, al mismo tiempo que nos preguntaban cosas a nosotros o nos contaban cómo era su vida trabajando para el gobierno.

Este hombre nos invitó a un coco cuando nos vio paseando por la calle

A parte de ese día que recorrimos parte de la isla, el resto del tiempo muerto lo pasamos en la capital. Pasear, ver los mercados, ver a los niños en la escuela, a los hombres jugar en la plaza, las familias bañarse en el mar, los pescadores en el puerto…

Y no podíamos irnos del país sin probar algo de comida típica. Nos recomendaron un pequeño restaurante en el puerto, y allí nos sirvieron platos con el ingrediente principal de cualquier isla: pescado en salsa, fish & chips, curry… Y algo que si no nos hubieran dicho que pidiéramos no lo habríamos hecho: Ota Ika. Un plato de pescado crudo marinado con zumo de limón. ¡Delicioso!

El restaurante donde probamos varios platos típicos

“Ota Ika”; pescado crudo en salsa de limón.

Con estos manjares nos despedimos de nuestro primer país del Pacífico, sólo con una idea en mente: sólo hemos hecho más que empezar a conocer esta parte del mundo que nos resulta super interesante. ¡Volveremos!

ByR

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