De nuevo en Christchurch: toca trabajar

Del 12 al 30 de Agosto de 2015

Después de un mes de vacaciones invernales y familiares, y unas semanas en Tonga, empezaba la última etapa de nuestra estancia en Nueva Zelanda: los tres meses de la extensión del visado. Teníamos claro que iban a ser para trabajar, y a ser posible, lo máximo que se pudiera, para que los ahorros aumentaran y la vuelta a casa nos pillara con un buen colchón en el banco.

Nada más aterrizar en el aeropuerto, de nuevo con plumífero y gorro (aunque en Tonga no habíamos pasado todo el calor que nos hubiera gustado…), nos pusimos manos a la obra. Eso sí, antes tuvimos que dedicar un rato a hacerle mimos a la Huevona. La pobre, después de mes y medio parada,  tenía ganas de darnos la bienvenida como toca: sin arrancar. Menos mal que al estar en un parking de larga estancia, lo tienen asumido, y si les llamas te mandan un coche con el aparato para arrancar el coche. La Huevona volvía a rugir.

Después, unas cuantas tareas del hogar para volver a rodar, y listos: poner la lavadora, ducharnos, hacer la compra… Y de cabeza a la biblioteca para empezar a buscar trabajo.

La working holiday visa para españoles en Nueva Zelanda tiene un factor a tener en cuenta que ninguna otra nacionalidad tiene: como legalmente solo podemos trabajar 6 meses de la estancia en el país (si haces la extensión, al final son 9 meses de los 15 que vives allí), hay que organizar la estancia en función de ello. Nosotros hicimos el cálculo de qué meses trabajaríamos y qué meses viajaríamos contando con ello. Pero, con lo que no cuentas cuando haces esos cálculos (y que es muy importante) es con los tiempos muertos.

Te planteas que llegas en Septiembre. Ese mes es para situarte, comprar la furgo y visitar Northland. Luego toca un mes de housesitters (cuidadores de casas), para no gastar mucho dinero (si uno de los meses de “viaje” lo utilizas para hacer voluntariado tipo Woofing, Workaway o Housesitting, tus finanzas te lo agradecerán). Y luego a trabajar tres meses: noviembre, diciembre y enero. La cosa se fastidia cuando todavía estas verde en lo que se refiere al funcionamiento del país, y pasas un mes buscando ese trabajo que no llega y que te descuadra tus planes. Parte de nuestra visita por la isla norte fue rara, porque la hicimos sin planificar, de cualquier manera, y siempre con la mente en buscar trabajo, así que no lo disfrutamos como nos hubiera gustado.

Durante la siguiente temporada que decidimos buscar trabajo nos pasó algo parecido, y en el tiempo que queríamos haber trabajado dos meses, acabamos estando en una packhouse tres semanas y en una “nursery” otras tres semanas.

Esta vez sabíamos que eso podía pasar, pero aún así teníamos la esperanza de que no fuera mucho tiempo de espera y así aprovechar al máximo lo que nos quedaba en el país.

Decidimos quedarnos en la zona de Christchurch, donde se decía que había trabajo debajo de las piedras y enseguida encontrabas algo. Hicimos una búsqueda exhaustiva de agencia de trabajo temporal y las recorrimos todas como locos. A los dos días de volver de las vacaciones, en el que dedicamos horas a recorrer las calles de la ciudad, nuestras esperanzas se hundieron como ya nos pasó la primera vez que buscamos trabajo: en todas las agencias nos decían que ahora no era un buen momento. Nos parecía que las opciones de trabajo siempre desaparecían cuando llegábamos nosotros.

Uno de los problemas que también teníamos era que en algunos sitios nos decían que necesitaban gente con disponibilidad para más de seis meses. En otros momentos habíamos mentido con eso, diciendo que íbamos a estar ese tiempo, pero ahora era imposible mentir porque nuestro visado se acababa.

Un par de días después, una agencia nos citó para rellenar unos papeles: parecía que podíamos tener suerte. Al entrar en la oficina, la chica nos recibió con una noticia buena y una mala: tenía un trabajo para Rober, pero no había nada para chicas. La oferta no estaba mal, y Rober decidió aceptarla mientras seguíamos buscando algo para los dos. Parecía que la cosa no tenía por qué salir mal.

Al día siguiente Rober empezó a trabajar en una fábrica de cartones al sur de la ciudad. Como esperábamos que fuera temporal, y que pronto encontráramos algo mejor, decidimos seguir durmiendo gratis. 20 kilómetros al sur de la ciudad estaba el área de camping de Chamberlains Ford, donde ya habíamos dormido otras veces. Una zona al lado del río, llena de autobuses vivienda con kiwis nómadas que viven en movimiento, baños y una pila para fregar. Era el sitio perfecto.

La fábrica de cartones

Entrar a trabajar cuando la ciudad aún duerme

Rober entraba a trabajar a las 6 de la mañana, así que el madrugón era grande. Al dormir-vivir en la furgo, si él tenía que estar a esa hora en la fábrica, yo tenía que irme con él. Conclusión: él se quedaba en el trabajo, y yo me iba a la puerta de la biblioteca para pasar el rato buscando otro trabajo. Lo único es que la biblioteca la abrían a las 9, así que tenía un rato para dormir más. Con las cortinas puestas, nadie sabía que dentro de esa furgo había una chica echándose una siesta.

Rober se duchaba al salir de trabajar, así que pensamos: ¿dónde me puedo duchar yo y que sea lo más barato posible? Pues en nuestro sitio preferido en Christchurch: en el aeropuerto. Antes de ir a recogerle por la fábrica, me acercaba al aeropuerto, me daba una ducha, compraba lo que hiciera falta en el supermercado, y volvíamos a “casa” como nuevos. Con la nómina de Rober, y sin más gasto que la gasolina de movernos, parecía el plan perfecto. Además, nuestros amigos de Buscando Un Viaje pasaron esos días con nosotros porque también estaban buscando trabajo, así que estábamos muy a gusto.

En busca de tesoros de Geocaching

Durante el fin de semana, visitamos la zona de Lyttelton, y algún mercado de la ciudad. Fueron dos días soleados, y en los mercados encontramos música en directo y mucho ambiente primaveral, además de cosas curiosas de las que siempre se encuentran en los mercados del país. Comimos en el parque y disfrutamos de jugar con la slackline. Buscamos un tesoro de geocaching después de un desayuno entre las furgos, e incluso hubo tiempo para sacar el ukelele.

El mercado de Lyttelton

Pero al comienzo de la siguiente semana, volvimos al madrugón y a los emails inútiles preguntando por trabajo, y decidimos cambiar la estrategia. Al día siguiente, curiosamente  Rober “se puso enfermo” y no fue a la fábrica. Pusimos rumbo hacia el sur de la ciudad y empezamos a buscar trabajo llamando a la puerta de los sitios.

A unos 50 kilómetros al sur de la ciudad está Ashburton, que se considera la ciudad principal de la agricultura de las llanuras de Canterbury. Allí hay mucho movimiento de granjas y fábricas, y decidimos ir a preguntar a agencias o donde pudiéramos llamar a la puerta.

Nuestro primer objetivo fue una agencia llamada Agstaff, filial de Canstaff en lo que se refiere a agricultura, y que se encuentra en Ashburton. Llamamos a la puerta y nos dieron el papel típico que ya habíamos rellenado en un montón de sitios donde te preguntan tus datos, que tipo de trabajo buscas y que experiencia tienes. Se lo entregamos a la chica de la entrada y nos comentó que esperáramos un momento. “Vaya, normalmente te dicen ya os llamaremos si sale algo”, pensamos.

Salió un hombre y estuvo preguntándonos algunas cosas. “Creo que tengo algo para vosotros”. Nuestra incredulidad nos hizo dudar de nuestra comprensión del inglés. “Es en una fábrica, necesito a dos personas para hacer un trabajo durante unas dos semanas, y luego quizá os puedo mover a otro equipo, sería para empezar la semana que viene, ¿os interesa?”

¿Ya está? ¿Lo hemos conseguido así de rápido? ¿Ya tenemos algo para los dos, en el mismo sitio? “Venir mañana para hacer los papeles y daros las instrucciones, y así el lunes empezáis. Os gustará el trabajo. Tenemos varios equipos en la fábrica donde trabajan muchos argentinos, chilenos, y la gente está muy a gusto.”

Así que nada, después de unos días pensando que nos iban a salir mal las cosas, de un plumazo empezaba a encarrilarse. Pasamos el resto del día en la biblioteca y al día siguiente (Rober casualmente seguía enfermo y no podía ir a la fábrica de cartones) nos presentamos de nuevo allí con la mayor de nuestras sonrisas.

Una chica encantadora nos explicó todas las condiciones del trabajo, nos dio un montón de papeles que firmar, nos contó que la fábrica era de leche en polvo, que cobraríamos un poco más del mínimo garantizado por ley (cobraríamos un dólar y medio más por hora, lo cual estaba muy bien), y que si la tarea que querían que hiciéramos se terminaba, intentarían darnos otra cosa para que tuviéramos trabajo todo el tiempo que se pudiera. Nos hicieron un test de drogas (que salió super limpio), y nos citaron para el lunes en la fábrica, que estaba a mitad camino entre Ashburton y Christchurch.

Al salir de allí intentamos contener nuestro entusiasmo para no ilusionarnos más de la cuenta, no fuera a ser que luego no saliera bien. ¿Ha dicho que podemos tener trabajo con ellos casi hasta el final del visado? ¿Ya se nos ha solucionado el resto de la estancia en este país que nos tiene enamorados? Era difícil contener la ilusión.

Última noche en Christchurch

Pasamos lo que quedaba de semana más contentos que unas castañuelas. Rober avisó en la fábrica de cartones que se marchaba, y algún compañero le comentó que tenía conocidos en la fábrica a la que íbamos y que estaban contentos. Además, nuestro amigos Sergio y Macarena consiguieron trabajo cerca de Ashburton para empezar el lunes también, así que les íbamos a tener de vecinos. ¿Qué más se podía pedir para estos últimos meses? Pues aún nos salió otra cosa bien. Como no sabíamos cómo iba a ser el trabajo y si iba a salir todo bien, de primeras no sabíamos qué hacer con el alojamiento. No había ningún sitio gratuito para dormir, así que estuvimos mirando otras opciones que no nos comprometieran a nada. De casualidad encontramos en Couchsurfing a un chico argentino que vivía cerca de la fábrica en una granja. Contactamos con él, le contamos nuestra situación, y nos dijo que podíamos ir a su casa para los primeros días de trabajo sin problemas. ¡Todo iba sobre ruedas!

Así que ese último fin de semana nos despedimos de nuestra casa en Christchurch, comimos en un buffet libre para celebrarlo (cenar a base de noddles todos los días a veces es un poco agotador), y el domingo pusimos rumbo a Bankside, donde nos esperaba Agustín en su casita en una granja de vacas lecheras.

ByR

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