Buscando casa y visitando Banks Península

Del 12 al 21 de septiembre de 2015

Para poder disfrutar de un trabajo, estar a gusto y el mayor tiempo posible en él, es importante que a la salida del mismo, tengas un hogar cómodo, acogedor y con gente agradable que haga que te sientas en tu propia casa.

Las primeras dos semanas en Synlait las pasamos con Agustín, un chico argentino que nos ofreció todo cuánto tuvo para que nos sintiéramos como en casa. A medida que pasaban los primeros días, nos lo pasábamos mejor en la oficina rodeados de  piezas, y al volver a casa, una ducha calentita, un sofá y una agradable conversación sobre viajes nos entretenía la tarde. Conectamos desde el primer día con Agustín y se inició una buena amistad. A pesar de la buena relación, y viendo que el trabajo se convertía en bastante estable, tocaba dar el siguiente paso: buscar una habitación en Rakaia, el pueblo más cercano a Synlait.

Rakaia, el pueblo del salmón

Post Office centenario

Un par de anuncios en trademe buscaban a gente para compartir casa. Por un lado, un matrimonio neozelandés ofrecía una habitación por 210$/semana. El otro anuncio se trataba de una habitación por la que pedían 260$/semana. Este último precio nos parecía demasiado así que fuimos a ver el barato. Muchas cosas hemos aprendido a lo largo de estos dos años de viaje, pero amigo mío, no pensamos en aquel momento aquello que se dice tanto que… lo barato a veces sale caro.

Después del trabajo quedamos con Mrs Gordon, la dueña de la casa, para ver la habitación. Llamamos a la puerta haciendo sonar el timbre un par de veces, y nos abre una señora bastante corpulenta. Cada uno se fija en aspectos diferentes de la casa. (Me acuerdo que cuando compramos la furgoneta Berta se encargaba de la apariencia, menaje, cama… y yo de la mecánica) La verdad que ahora no sé muy bien hacia dónde dirigir la atención. El caso es que hay muchas cosas por el medio, aunque al menos da la sensación de que la cocina está limpia y recogida. Vamos sorteando obstáculos por el comedor hasta que llegamos a la habitación. Simple no es el adjetivo que define el cuarto; cutre y básico sería más acertado. A pesar de ello, y sin mucho más donde elegir,  le enviamos un sms a la señora aceptando la habitación como alojamiento.

Ya teníamos casa y tocaba disfrutar del fin de semana antes de la mudanza. Nos despedimos de Agustín el viernes por la noche, recogimos todos los trastos y al día siguiente nos fuimos a Banks Península a pasar el fin de semana. Esta península, junto con sus montañas, se formaron por gigantescas erupciones de dos volcanes hace ocho millones de años. Por ello, el paisaje es bastante agreste, decenas de bahías y calas salpican la costa e infinitas excursiones se pueden realizar saliendo desde Akaroa  o cualquier otro punto. Nosotros estábamos bastantes vagos y nos dedicamos a callejear y recorrer la zona con La Huevona. Esta zona tan próxima a Christchurch fue el primer asentamiento francés en Nueva Zelanda. Cafés, restaurantes, casas… hacen justicia de ello.

Llegando a Banks Península

Akaroa

Tras un fish and chips y un buen café en una terraza nos fuimos de ruta con la furgo por la Summit Road, una carretera que rodea la península ofreciendo las mejores panorámicas. Desde lo alto vimos un atardecer precioso y fuimos en busca de un lugar gratuito donde poder dormir. Visitamos un par de zonas habilitadas para autocaravanas donde se podía dormir pero, dado que no nos acabó de convencer, abandonamos la península y dormimos a mitad camino junto a un lago y un hotel de lo más curioso.

Biblioteca del pueblo

Atardecer desde Summit Road

Un hotel hecho con silos

Nuestro hotel particular junto a un lago

Al día siguiente, domingo, nos mudamos a nuestra nueva casa y nos llenamos de energía para empezar a trabajar otra semana más. Solo hicieron falta dos días para que quisiéramos salir de aquella pocilga. Lo que parecía limpieza en la cocina tan solo era un lavado de cara. Varias cacerolas descansaban en la pila del fregadero, moscas en el alfeizar de la ventana te daban las buenas tardes y el retrete mejor no describirlo…

Desorden por el comedor

Detalle que no nos dimos cuenta cuando fuimos a ver la casa: ¡moscas en el alfeizar de la ventana!

El miércoles buscamos anuncios en los supermercados y en la gasolinera del pueblo. Obviamente subimos el presupuesto y vimos dos casas de 250$. Una de un matrimonio y otra, la casa de Steve. Un hombre viudo de unos 45 años vivía en una gran casa, y tenía alquilada otra habitación a una pareja de taiwaneses. La casa estaba muy bien, una cocina moderna y amplia. Todas las zonas estaban limpias y el jardín era una pasada. Parecía que habíamos encontrado nuestra casa para los próximos meses en Nueva Zelanda. No lo dudamos ni un segundo y le dijimos a Steve que entraríamos a vivir a principios de la semana siguiente. Ahora sí que iba todo sobre ruedas: teníamos un trabajo perfecto para lo que nos quedaba de visado en el país y habíamos encontrado la casa perfecta.

Jardín de nuestra nueva casa

Qué gusto da tomarse el café aquí

RyB

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