Un paso muy duro de la WHV: bye bye compañera!

Del 10 al 17 de Octubre de 2015

Van pasando los días, y el trabajo en la fábrica avanza. Cada vez tenemos más responsabilidades, más cosas que la supervisora delega en nosotros. Al tener llaves del almacén y ser autónomos en lo que hacemos, sin depender de que nadie nos diga dónde ir o nos abra la puerta, día tras día vamos aumentando las horas que trabajamos. Nos interesa hacer lo máximo posible; cuantas más horas, más dinero, y como todo el mundo está contento con lo que estamos haciendo, nos dejan libertad.

Ya va quedando menos tiempo para que se acabe nuestra estancia en el país, y no queda más remedio que ir pensando en lo que necesitamos hacer para marcharnos. Aunque nos duele en el alma, uno de esos temas es decirle adiós a nuestra fiel compañera por las carreteras kiwis.

Un gran temor al final de la Working Holiday Visa es siempre el tema del vehículo. ¿Podré venderlo bien? ¿Tendré que ponerlo a la venta a precio de saldo porque se me acabe el tiempo en el país y no lo habré conseguido vender? ¿Lo pondré a la venta demasiado pronto o demasiado tarde? ¿Y si no lo consigo vender qué hago?

Oamaru

En los últimos meses, una vez claro que teníamos trabajo para el resto del visado, el vehículo sólo lo necesitábamos para ir a trabajar y para hacer la compra. Vivíamos en un pueblo tan pequeño, que sólo tenía una mini tienda con precios abusivos. Cuando empezamos a pensar que ya era hora de plantearnos la venta, había muchas cosas a tener en cuenta.

La más importante: ¿cómo vamos a ir a trabajar? Una opción que pensamos fue la de comprar un coche hecho polvo, que costara cuatro duros y que nos hiciera papel, pero la verdad es que nos parecía mucho lío para apenas dos meses que quedaban. La idea del autostop pasó por nuestra mente, pero decidimos descartarla enseguida: ir a trabajar dependiendo de que alguien te pare en la carretera y te lleve es un poco arriesgado.

Dándole vueltas, apareció una opción bastante interesante: teníamos muchos compañeros latinos en la fábrica, y algunos de ellos hacían el trayecto hasta la fábrica pasando por Rakaia. Vivían en Ashburton y les veníamos de camino. Eran varios compartiendo coche, pero hablando con ellos, nos confirmaron que cabíamos en su coche, y que les parecía genial compartir trayecto con nosotros.

Sólo había una cosa que nos costó aceptar, pero al fin y al cabo, en parte era lo que queríamos. Ellos hacían un horario un poco bestia, de 12 horas al día. Entraban a trabajar a las 6 de la mañana, y no salían de la fábrica hasta las 6 de la tarde. Muchas horas, que aunque nos iban a hacer rebosar la cuenta bancaria de dólares, no sabíamos si conseguiríamos ser personas. Nuestra supervisora no nos puso más pega que el hecho de que le sabía mal que trabajáramos tantas horas. No queremos que os queméis, nos dijo. Al final tomamos la decisión de aceptar esta opción, y nos pusimos manos a la obra para poner a la Huevona a la venta.

Y qué mejor que pasar un último fin de semana viajando con ella, para despedirnos y para buscar un bonito sitio para hacerle buenas fotos. Nos decantamos por ir a visitar la ciudad de Oamaru, a unos 200 kilómetros dirección sur. Dicen que es una ciudad muy bonita, de las pocas en el país con edificios de piedra, así que allí nos dirigimos.

Nos encontramos una ciudad tranquila (aunque el concepto de ciudad en Nueva Zelanda deja mucho que desear…) y con algunos edificios que, efectivamente, no se ven mucho por el país. Además, nos encontramos algunos sitios curiosos, como el museo al movimiento Steampunk, una sala de radio donde guardaban un montón de aparatos antiguos o un teatro un poco abandonado.

El museo al movimiento Steampunk

Pasamos un día tranquilo paseando por la ciudad, y aunque esperábamos algo más del lugar, no nos disgustó. Es verdad que las construcciones del centro no son lo normal aquí, y la piedra caliza de Oamaru (bastante famosa) le da un aspecto muy bonito a los edificios. Además, en Nueva Zelanda les encanta cuidar las cosas que tiene más de 100 años; su historia no da para mucho más.

Después de la visita al centro, decidimos ir en busca del otro atractivo de la zona: ver pingüinos. Cerca del puerto hay una zona arreglada para ver los pingüinos azules, pero cuando nos acercamos allí, la impresión no nos gustó. Unas gradas construidas alrededor de una explanada llena de diminutas casetas, nos dio a entender que aquello era un espectáculo. Todas las noches, la colonia de los pequeños animalitos llega desde el mar después de un día de caza. La gente de la empresa de conservación les ha construido las madrigueras, en forma de casetas de madera en la ladera, y ellos pasan por delante de las gradas construidas creando un pasillo hacia las madrigueras. La entrada ronda los 25 dólares por persona, y al menos te avisan de que está prohibido el uso del flash. Salimos de allí corriendo.

La playa de la colonia de pingüinos de ojos amarillos

Un poco más alejado de la ciudad hay una colonia de pingüinos de ojos amarillos. Se encuentran en una gran playa, y en la zona alta hay miradores para observarlos. Después de un buen rato, un hombre que estaba a nuestro lado, nos avisó de que uno había salido del agua, y nos dejó sus prismáticos para mirar. Efectivamente, allí había un pingüino, pero estaba tan lejos, que ni con los prismáticos podíamos disfrutar de verle bien.

Dormimos cerca de la playa un poco hacia el norte de la ciudad. Era nuestra última noche en aquella cama que tanto nos gustaba, mirando las estrellas por las ventanas del techo. Al día siguiente, disfrutamos de un agradable desayuno al sol, charlando con nuestros vecinos de furgo. Dos jubilados encantadores, que nos estuvieron preguntando sobre nuestras aventuras y nuestros planes.

Le hicimos una buena sesión de fotos a la Huevona, sacándole su mejor perfil y mostrando todos sus encantos. Temíamos que resultara muy cara, pero queríamos que quien la viera, se enamorara de ella como nos pasó a nosotros. Al volver a casa pusimos el anuncio. Nos quedaba algo más de un mes para que se acabara nuestro visado, y pensábamos que era bastante tiempo para tener margen de maniobra si veíamos que no se vendía.

Las furgos más demandadas por los mochileros que vienen con la Working Holiday Visa rondan un precio de entre 3500 y 4000 dólares. Son furgos más pequeñas que la nuestra, sólo con la cama en el interior y con muchos kilómetros. Nuestra fiel compañera tenía una estructura de cama y mesa en el interior muy bien hecha; nosotros habíamos estrenado todo y lo habíamos cuidado con mucho mimo. Además, de motor estaba muy bien, y la poníamos a la venta con menos de 200 mil kilómetros. Nosotros pagamos 6000 dólares por ella, y pensamos que un buen precio de venta eran 5000 dólares. Ese domingo por la noche el anuncio ya estaba puesto, y sólo faltaba cruzar los dedos.

Durante la semana siguiente nos llegaron un montón de mensajes. Mucha gente tenía curiosidad por saber cosas sobre ella, verla, probarla… Nos pilló de sorpresa lo rápido que pusieron interés en ella.

Una chica parecía especialmente interesada, e insistió en quedar. Como nosotros trabajábamos, le dijimos que podíamos ir el viernes hasta Christchurch y enseñársela. Al terminar en la fábrica, pusimos rumbo a la ciudad directos, con los nervios a flor de piel. Nos encontramos con una pareja de franceses bastante más jovencitos que nosotros. Su inglés era un poco justo, así que junto a nuestros nervios, no sabemos muy bien si se enteraron de todo lo que les contamos. Aún así, su interés parecía bastante grande; igual que nos pasó a nosotros, la primera impresión fue muy buena. Mientras el chico se fue a probar la furgo con Rober, yo me quedé esperándoles con la chica. Resultó que eran montañeros también, y que les preocupaba encontrar un vehículo donde viajar cómodos con todos los trastos de alpinismo y escalada (como nosotros!)

Cuando volvieron de probar a conducirla, nos preguntaron alguna cosa más, comentaron cosas entre ellos, y de repente sueltan: os la compramos. Nuestra cara debió ser un poema. No sólo por lo rápido de todo, sino porque pretendían que se la diéramos ya! Al parecer, estaban viviendo en una granja en Akaroa, y el dueño de la granja les había traído hasta la ciudad, pero no tenían cómo volver; contaban ya con volver con la furgo (sin ni siquiera haberla visto). Les comentamos que a esas horas ya no podía ser, porque nosotros necesitábamos volver a casa y porque la Post Office estaba cerrada y no podíamos hacer el cambio de nombre. Aceptaron con disgusto, nos dijeron que tendrían que buscar un hostal para esa noche en la ciudad, y quedamos para el sábado por la mañana en el mismo sitio.

Cuando arrancamos el motor para volver a casa, no nos lo podíamos creer. ¿Ya está? ¿Ya le vamos a decir adiós, así, tan rápido?

Y así fue. Al día siguiente, sin apenas problemas, hicimos el cambio de nombre, nos pagaron sin regatear un solo céntimo, y a media mañana nos despedimos de ella y volvimos a casa haciendo autostop. ¡Qué alivio que todo hubiera sido tan fácil, pero qué pena más grande nos dio!

¡Adiós Huevona!

ByR

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