Última etapa del viaje: Fiordland y Milford Sound

Del 19 al 25 de Noviembre de 2015

Cuando empezamos a trabajar en Synlait, visto que la jugada nos salía bien y teníamos trabajo hasta el final del visado, inevitablemente tuvimos que marcar una fecha en color rojo en el calendario: el día 3 de Diciembre de 2015 teníamos comprados los billetes de avión para marcharnos de Nueva Zelanda. Apurando el visado, que nos dejaba estar en el país hasta el 4 de Diciembre.

Unas semanas antes los nervios empezaron a invadirnos y cada día, al volver del trabajo, así como durante los fines de semana, las horas pasaban volando organizándolo todo. Después de las dos vueltas que habíamos dado visitando la isla sur, tanto al llegar en Abril, como durante el mes de Julio con la visita de mis padres, se nos había quedado la zona del Parque Nacional de Fiordland sin visitar. Teníamos claro que no podíamos irnos sin visitarla, así que unas semanas antes avisamos en la empresa que íbamos a dejar el trabajo el día 19 de Noviembre, y así tener un par de semanas para despedirnos. Todo el mundo lamentó escuchar aquello, pero no nos quedaba más remedio que hacerlo así.

Equipaje listo para nuestra última etapa en el país

Como en nuestra casa la habitación donde habían vivido los taiwaneses estaba ahora vacía, poco a poco la fuimos invadiendo con nuestros petates y mochilas para dejar todo el equipaje recogido. Los planes se fueron aclarando, y conforme el día se acercaba, teníamos más claro cómo iban a ser nuestros últimos días.

Habíamos encontrado información acerca de algo llamado relocation, que viene a ser que las empresas de alquiler de vehículos “alquilan” sus coches a precios muy bajos o incluso gratis cuando necesitan llevarlos de una ciudad a otra. A veces, la gente alquila en un sitio (por ejemplo, Christchurch), y devuelve el coche en otra (Queenstown), así que la empresa necesita que ese coche vuelva al punto de inicio, y en lugar de pagar a alguien para hacer el trayecto, lo pone en alquiler a 1$, y te da unos días máximo para entregarlo en el otro punto. En Nueva Zelanda, país de autocaravanas, lo que más mola de este servicio es que muchas veces esos vehículos son grandes motorhomes o campers preciosas. Después de una búsqueda exhaustiva, habíamos conseguido dos relocations que molaban mucho: una camper de dos plazas para ir a Queenstown y un motorhome de seis plazas para volver a Christchurch al final. ¡Pintaban muy bien las últimas semanas!

Vistas increíbles de camino a Queenstown

Desde Queenstown haríamos autostop hasta Te Anau, para pasar allí diez días, visitar Fiordland, y además, en un arrebato de no preocuparnos el dinero, decidimos hacer un Great Walk, con su respectivo desembolso de dinero: haríamos el Kepler para acabar el viaje y volver desde Te Anau de nuevo en autostop y recoger en Queenstown una autocaravana chulísima para volver a Christchurch y ya volar de vuelta a casa. El plan sonaba genial.

Pero el último día de trabajo, con el equipaje listo, las mochilas preparadas para esos días y ya dispuestos a decir adiós a todo el mundo en la fábrica, nos llamaron de la empresa de campers con los que teníamos el primer relocation: no necesitaban de nuestros servicios y cancelaban nuestra reserva. Nos devolverían todo el dinero abonado (pagas 100$ como depósito que te devuelven cuando entregas el vehículo sin ningún daño) y lamentaban cualquier molestia ocasionada. Cuando haces la reserva de estos alquileres especiales, te avisan de que esto puede ocurrir, pero nunca te imaginas que te pasará, porque lo de tener una camper para ti durante dos días de forma gratuita suena tan bien, que nada malo puede ocurrir. Tras reponernos de la desilusión, miramos si había algún otro vehículo disponible, y en el último momento conseguimos un simple coche, pero nos hacía papel y nos conformamos.

Coche de alquiler por 1$ al día, autostop y hostal en Te Anau

Paramos por segunda vez en los Moeraki Boulders

El recorrido elegido para llegar a Queenstown fue la carretera del Otago Goldfields Heritage Trail, un trayecto por los pueblos de la época de la fiebre del oro, que tienen fama de ser de los más bonitos de Nueva Zelanda. No pudimos evitar parar otra vez en la playa de Moeraki, que ya nos había dejado alucinados la primera vez que pasamos. Esta vez, a pesar de la lluvia que nos pilló al pasar por allí, volvimos a quedarnos sorprendidos con el aspecto lunar del lugar. Además, algo llamó mucho nuestra atención y luego cuando lo confirmamos, fue más sorprendente aún. Vimos una de aquellas rocas pegada a la pared del acantilado rota, pero resultó que cuando habíamos pasado por allí unos meses antes, aquella roca era una perfecta esfera. ¡Había explotado!

Misma roca, cinco meses después, aspecto totalmente distinto!

Paramos a hacer alguna foto en Naseby o Clyde, pero sobre todo disfrutamos de conducir tranquilamente entre llanuras verdes y colinas llenas de ovejas. Al final del día llegamos al lago Dunstan, al lado de Cromwell, donde plantamos nuestra tienda de campaña con aspecto de juguete en el campsite gratuito a la orilla. Tras la cena, nos metimos en los sacos con los dedos cruzados para que no lloviera, o acabaríamos la noche dentro del coche para no mojarnos, porque aquella tienda de 20$ no aguantaría el mínimo chispeo.

Pueblos de la época de la fiebre del oro

Por suerte, el tiempo nos respetó, y al día siguiente madrugamos para llegar a Queenstown con tiempo de devolver el coche y hacer dedo para llegar a Te Anau.

Al llegar al pueblo, nos asaltaron las dudas. El plan era moverse a dedo todo el tiempo y dormir en la tienda de campaña toda la semana. El tiempo estaba feo, chispeaba a ratos, estaba nublado y nunca sabes qué esperar. Echábamos a rabiar de menos a la Huevona, y en ese punto de pereza y morriña de furgo, decidimos irnos a un hostal, a pesar de que nos parecían carísimos. También había que decidir qué día queríamos contratar el crucero por el fiordo de Milford y cómo íbamos a llegar hasta allí.

Paseando por Te Anau en una tarde gris, acabamos decidiendo que, como eran nuestros últimos días aquí, y habíamos trabajado muchas horas, nos merecíamos disfrutar con un poco más de comodidad. Decidimos pasar los días en Te Anua en el hostel (que era agradable), y conseguimos alquilar un cochecito para dedicar un par de días a visitar la carretera hacia los fiordos con total libertad y a nuestro ritmo. Además, con la previsión meteorológica en mano, elegimos el día que pintaba menos malo para contratar la excursión en el crucero.

La primavera empieza a asomar por los rincones

La carretera que se adentra en el parque nacional de Fiordland (la única que hay), y que llega hasta el fiordo de Milford, está repleta de senderos y pequeñas excursiones para contemplar esos bosques vírgenes de árboles repletos de musgo y helechos de mil formas y colores. El agua forma parte del paisaje y lo moldea, y en todos los rincones hay riachuelos, lagos y cascadas que murmuran sin cesar.

No está permitido dormir gratis en ningún sitio, pero hay muchos campsites del DOC que cuestan 6$ por persona y que vale la pena aprovechar. El último antes de llegar a Milford es el de Cascade Creek, y es el que muchos eligen para pasar la noche antes de ir al crucero.

Comienzo de la carretera desde Te Anau hacia los fiordos

Helechos despertando del invierno

Nuestro cochecito de alquiler y nuestra tienda de juguete

Tras el primer día de reconocimiento de la zona, dormimos en el campsite de Cascade Creek. La tienda de campaña de pega volvió a aguantar otra noche de humedad, y al amanecer pusimos rumbo al norte con la esperanza de que las nubes se marcharan pronto. Aún así el paisaje era espectacular, y el agua seguía teniendo protagonismo. Las keas buscaban protagonismo también, y muchos turistas se lo daban aunque no debíeran.

El último tramo de la carretera pasa por un túnel que desemboca en la cola del fiordo de Milford. Las nubes y la lluvia tonta no querían marcharse, y nuestros áminos cada rato se nublaban más. La esperanza de que de repente se despejara el cielo cada vez estaba más apagada.

Carretera hacia el fiordo y nubes negras acechando

Si no lloviera tanto, estos bosques no estarían aquí. Todo tiene sus pros y sus contras…

Llegamos al pequeño puerto donde atracan los cruceros que hacen el paseo por el fiordo. La lluvía no daba tregua, pero como estaba pagado, nos subimos al barco. La chica que recogía los tickets comentó con una sonrisa: “Hace un día genial para ver todas las cascadas bajando por las paredes que rodean el fiordo”. ¿Eso era ironía? A nosotros nos costaba devolverle la sonrisa.

Al salir del puerto, un chico por megafonía empezó un discurso de bienvenida al barco, comentando que en Milford Sound llovía 250 días al año, y que el crucero, aunque pasado por agua, se podía disfrutar. Al fin y al cabo, “este es el Milford real”. Nosotros al mirar por la ventana sólo pensábamos: “qué mala suerte hemos tenido”.

Ahí se supone que estaba el Mitre Peak

Decidimos resignarnos y aceptar que a veces puede pasar. Si que era verdad que la barbaridad de cascadas que caían por las paredes rocosas eran una pasada, y que a pesar de las nubes y la lluvia, navegar por ese canal de agua encajonado entre muros de roca era impresionante.

No siempre se tiene suerte cuando hay pocos días posibles para hacer algo, y la naturaleza tiene su propio ritmo, imposible de manipular. Nueva Zelanda es un país que te deja con la boca abierta a pesar de que te toque un día gris para ver uno de sus imprescindibles.

ByR

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